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zonas libres de hielo de la Antártida representan menos del 2 por ciento
de la superficie terrestre total del continente. Esa zonas se encuentran
en buena parte en el litoral continental (particularmente en la zona de
la Península) y en las islas al sur de 60º. Las zonas libres de hielo son
sitios biológicamente activos a los que se puede acceder de forma relativamente
fácil. Por lo tanto, allí se concentran cada vez más actividades humanas
e infraestructura. Las amenazas que se ciernen sobre la Antártida surgen
de esa actividad humana, y las que enfrentan las láminas de hielo provienen
de las repercusiones de dicha actividad y, más que nada, del cambio climático
mundial.
| Protocolo de Madrid al Tratado Antártico sobre
Protección del Medio Ambiente |
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El Protocolo de Madrid al Tratado Antártico sobre Protección
del Medio Ambiente entró en vigencia en 1998. La firma del
protocolo consolidó considerablemente los objetivos ambientales
del Tratado Antártico. Exige, entre otras cosas, que todas
las actividades se planeen y realicen de modo que se limiten las
repercusiones negativas en el medio antártico y en los ecosistemas
dependientes y asociados. Asimismo, el Protocolo de Madrid define
un marco para zonas protegidas que permite la protección
particular de áreas únicas, importantes o especialmente
vulnerables.
Es todavía muy pronto para evaluar la eficacia de las disposiciones
de dicho Protocolo. Sin embargo, algunas de las medidas ambientales
adoptadas desde su entrada en vigencia ya han demostrado su objetivo.
Por ejemplo, en 1992 los operadores nacionales antárticos
elaboraron directrices para la manipulación de combustible
y para respuestas de emergencia. Desde entonces, se ha registrado
una disminución gradual en el número de casos informados
por año, lo que indica que esas recomendaciones se están
implementando y son eficaces (COMNAP 2000a).
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Los riesgos asociados con los usos humanos de las zonas libres de hielo
se relacionan con una posible contaminación local por causa de
derrames de petróleo, vertido de productos de combustión
y aguas residuales, desaparición del hábitat, modificación
del terreno, alteración de la fauna y flora silvestre debido a
operaciones y presencia humana, y la introducción de especies exóticas
y enfermedades. Sin embargo, hasta ahora se conoce poco sobre la trascendencia
acumulativa y a largo plazo de esos impactos.
Actualmente, existen 70 estaciones de investigación en la Antártida;
la mitad opera durante todo el año y casi la mitad está
ubicada en la región de la Península (COMNAP 2000b). Unas
pocas están instaladas en zonas cubiertas de hielo. La mitad de
las estaciones operativas al presente se construyó antes de 1970.
Además de esa actividad científica, el turismo también
está aumentando en la Antártida.
El hielo cubre el 98 por ciento del continente antártico. El balance
másico de ese manto de hielo antártico es de importancia mundial, especialmente
dado el efecto que tiene el deshielo en el nivel del mar. La masa de hielo
está creciendo sobre la mayor parte de la Antártida Oriental aunque las
regiones litorales tienden a estar próximas al balance con ciertas pérdidas
alrededor de algunas de las grandes barreras y corrientes costeras de
hielo (Budd, Coutts y Warner 1998). Por ende, las masas de hielo de la
Antártida están aumentando y no disminuyendo a nivel continental (Vaughan
y otros 1999). No obstante, las barreras de hielo de la Península Antártica
se siguen desintegrando a causa del calentamiento regional. Se observó
una pérdida de superficie total de 6.300 km2 en la barrera de hielo de
Larsen entre 1975 y 1998 (Skvarca y otros 1999) y desaparecieron otros
1.714 km2 durante la temporada 1998-1999. El desprendimiento de icebergs
concuerda con el calentamiento mundial pero no lo demuestra. Sin embargo,
no se prevé que el deshielo de las barreras de hielo marginales en la
Península Antártica tenga repercusiones significativas y directas en el
nivel del mar (IPCC 1998).
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