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La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha dado una lista de
seis contaminantes atmosféricos «clásicos»:
CO; plomo; dióxido de nitrógeno (NO2); partículas
en suspensión (SPM), con inclusión de polvo, gases, neblinas
y humos; SO2; y ozono troposférico (O3) (WHO
1999).
La quema de combustibles fósiles y de biomasa es la fuente más
importante de contaminantes atmosféricos tales como el SO2,
el CO, ciertos óxidos nitrosos como el NO y el NO2 (conocidos
colectivamente como NOx), las SPM, los compuestos orgánicos
volátiles (COV) y algunos metales pesados. Es también la
principal fuente antropógena de dióxido de carbono (CO2),
que es uno de los gases de efecto invernadero más importantes.
Entre 1973 y 1998, el suministro total de energía aumentó
en un 57 por ciento (véase el diagrama), la mayor parte de la cual
provino del petróleo, el gas natural y el carbón, ya que
la energía nuclear, hidroeléctrica o proveniente de otras
fuentes renovables tuvo sólo un papel menor (IEA 2000). Los combustibles
utilizados varían de región a región; por ejemplo,
el gas natural predomina en la Federación de Rusia, mientras que
el carbón provee el 73 por ciento de la energía que se consume
en China (BP Amoco 2000). La biomasa es una fuente importante de energía
en el mundo en desarrollo y es también la fuente principal de contaminación
del aire en locales cerrados en esos países (Holdren y Smith 2000).
Las deposiciones ácidas han sido una de las mayores preocupaciones
ambientales durante los últimos decenios, especialmente en Europa
y América del Norte (Rodhe y otros 1995), y más recientemente
también en China (Seip y otros 1999). El daño considerable
que causaban a los bosques en Europa se transformó en una cuestión
de la más alta prioridad ambiental alrededor de 1980, mientras
miles de lagos en Escandinavia perdieron poblaciones de peces debido a
la acidificación que se produjo entre los años 1950 y 1980.
En algunas partes de Europa las emisiones antropógenas de SO2,
que son causa de deposiciones ácidas, se han reducido en casi un
70 por ciento con respecto a sus niveles máximos (EEA 2001); también
se han registrado reducciones de aproximadamente el 40 por ciento en Estados
Unidos (US EPA 2000). Esto ha dado como resultado una recuperación
apreciable del equilibrio natural de ácido, al menos en Europa.
Por el contrario, el uso creciente del carbón y de otros combustibles
de alto contenido de azufre ha causado un aumento de las emisiones de
SO2 en la región de Asia y el Pacífico, lo que constituye
una seria amenaza ambiental (UNEP 1999).
Las emisiones de contaminantes atmosféricos han disminuido o se han estabilizado
en la mayoría de los países industrializados, debido en gran parte a las
políticas de reducción establecidas e implementadas desde los años setenta.
Los gobiernos trataron inicialmente de aplicar instrumentos de control
directo, pero éstos no siempre fueron eficaces en función de los costos.
En los años 1980 las políticas se orientaron hacia mecanismos de reducción
de la contaminación más eficaces en función de los costos, basados en
un compromiso entre el costo de las medidas de protección del medio ambiente
y el crecimiento económico. El principio de quien contamina paga se transformó
en un concepto básico de la planificación de políticas ambientales.
La elaboración de políticas más recientes, tanto en el nivel nacional
como regional, se basa en instrumentos económicos y normativos, así como
en la mejora y transferencia de tecnologías que permiten intensificar
la reducción de emisiones. En el plano internacional, uno de los acontecimientos
más importantes en materia de elaboración de políticas fue la adopción,
en 1979, del Convenio sobre la Contaminación Atmosférica Transfronteriza
a Gran Distancia (CLRTAP). Mediante una serie de protocolos que establecen
objetivos de reducción respecto de los principales contaminantes atmosféricos,
este tratado ha sido el catalizador de las medidas tomadas por los gobiernos
de Europa, Canadá y Estados Unidos para implementar sus políticas nacionales
de reducción de emisiones (UNECE 1995). El más reciente es el Protocolo
para reducir la acidificación, la eutrofización y el ozono troposférico
de 1999, que establece nuevas metas de reducción para emisiones de SO2,
NOx, VOC y amoníaco (NH3) (UNECE 2000).
| Efectos de la contaminación atmosférica |
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La emisión de sustancias nocivas a la atmósfera afecta tanto la
salud humana como los ecosistemas. Se considera que la contaminación
del aire libre y de locales cerrados es responsable de casi el 5
por ciento de la carga mundial de enfermedades. La contaminación
atmosférica agrava, y posiblemente causa, el asma y otras enfermedades
alérgicas respiratorias. Los resultados negativos de los embarazos,
como el alumbramiento de bebés muertos o el bajo peso del recién
nacido, también han sido relacionados con la contaminación atmosférica
(Holdren y Smith 2000). Se ha calculado que aproximadamente 1,9
millones de personas mueren anualmente en los países en desarrollo
como consecuencia de haber estado expuestas a altas concentraciones
de partículas en suspensión (SPM) en el aire de locales cerrados
de zonas rurales, mientras que la mortalidad causada por los niveles
de concentración de SPM y de SO2 en el aire libre asciende
a 500 000 personas por año. Hay cada vez más pruebas de que las
partículas de un diámetro aerodinámico medio menor de 2,5 µm
(PM2,5) afectan la salud humana de manera significativa
(WHO 1999).
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La reglamentación ambiental más estricta
de los países industriales ha llevado a la introducción
de tecnologías más limpias y a mejoras tecnológicas,
especialmente en los sectores de la generación de energía
y del transporte. En este último se ha logrado una reducción
importante de las emisiones nocivas gracias a la mejora del ciclo de combustión
de los motores, a la mayor eficiencia en la utilización del combustible,
y a la introducción generalizada de convertidores catalíticos
(Holdren y Smith 2000). Las emisiones de plomo provenientes de aditivos
en la gasolina se han reducido hoy a cero en muchos países industrializados
(EEA 1999, US EPA 2000). En los países en desarrollo, sin embargo,
las fuentes de las emisiones son más variadas e incluyen las altamente
contaminantes centrales eléctricas, la industria pesada, los vehículos
y la combustión doméstica de carbón, carbón
de leña y biomasa. Aunque la emisión de contaminantes se
puede reducir de manera importante a un costo menor, pocos son los países
en desarrollo que han hecho inversiones en medidas de reducción
de la contaminación, a pesar de que los beneficios que resultan
de tales medidas para el medio ambiente y para la salud son evidentes
(Holdren y Smith 2000, World Bank 1997).
Aunque ya se han logrado progresos mensurables en la reducción
de emisiones industriales, al menos en los países desarrollados,
el transporte se ha transformado en muchos países en una de las
mayores fuentes de contaminación atmosférica, especialmente
de NOx y de muchos otros compuestos de carbono. Altas concentraciones
de estos compuestos en la atmósfera urbana pueden, dadas ciertas
condiciones climáticas, causar una niebla fotoquímica que
afecta gravemente a la salud humana. En muchos centros urbanos y zonas
circundantes se agrega el problema de las altas concentraciones de ozono
troposférico (O3). El ozono troposférico antropógeno
puede producirse por reacciones entre los Nox y los VOC en días
templados y soleados, especialmente en zonas y regiones urbanas e industriales
propensas a tener masas de aire estancadas. Las implicaciones de esto
pueden llegar muy lejos, ya que se ha constatado que las moléculas
de O3 pueden desplazarse a distancias de hasta 800 km de la
fuente de emisión (CEC 1997). La concentración de ozono
troposférico O3 en varias zonas de Europa y en algunas
de América del Norte es tan alta que no sólo la salud humana
se ve amenazada sino también la vegetación. Por ejemplo,
se ha calculado que en Estados Unidos el costo de la reducción
de los rendimientos agrícolas y de bosques comerciales causada
por el ozono a nivel del suelo asciende a más de 500 millones de
dólares por año (US EPA 2000).
La contaminación atmosférica urbana
es uno de los problemas ambientales más importantes. Las concentraciones
de SO2 y de SPM han disminuido de manera substancial en la mayoría
de las ciudades europeas y norteamericanas durante los últimos
años (Fenger 1999, US EPA 2000). En cambio, la urbanización
rápida ha provocado una creciente contaminación atmosférica
en muchas ciudades de los países en desarrollo (Fenger 1999), en
los que a menudo no se observan las directrices de la OMS en materia de
calidad del aire, y donde predominan altos niveles de SPM en megalópolis
como Beijing, Calcuta, Ciudad de México y Río de Janeiro
(World Bank 2001).
Por último, otra cuestión que preocupa mundialmente es
la de los contaminantes orgánicos persistentes (COP). Se sabe que
estas sustancias se degradan lentamente y que pueden recorrer grandes
distancias a través de la atmósfera (véase la ilustración).
Se han encontrado altas concentraciones de algunos COP en regiones polares
(Schindler 1999, Masclet y otros 2000, Espeland y otros 1997), lo cual
puede tener consecuencias ambientales importantes en la región.
Estos compuestos pueden también acumularse en los tejidos adiposos
de los animales y comportan así un riesgo para la salud. El Convenio
de Estocolmo sobre contaminantes orgánicos persistentes, adoptado
en mayo de 2001, establece una serie de medidas de control que cubren
la manipulación de plaguicidas, sustancias químicas industriales
y subproductos involuntarios. Las disposiciones de control exigen la eliminación
de la producción y uso de POP producidos intencionalmente, y la
eliminación, donde sea posible, de los POP producidos involuntariamente
(UNEP 2001).
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