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| -> Capítulo 2 -> Desastres -> Panorama mundial |
Desastres naturales |
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Las personas y el medio ambiente sufren cada vez más los efectos de los desastres naturales. Existe una serie de razones que lo explican, tales como el elevado crecimiento y densidad de la población, la migración y la urbanización no planificada, la degradación ambiental y posiblemente el cambio climático mundial. El gran alcance de las repercusiones socioeconómicas de los desastres naturales ocasionó un cambio en el enfoque político para tratar el concepto de riesgo en las sociedades modernas. Al comparar los dos últimos decenios, el número de personas
que murieron en desastres naturales y de otra índole fue más
alto en el decenio de los ochenta (86.328 por año) que en el de
los noventa (75.252 por año). No obstante, más personas
resultaron afectadas por los desastres en el decenio de los noventa; la
cifra aumentó de un promedio de 147 millones por año en
el decenio de los ochenta a 211 millones por año en el de los noventa.
Mientras que el número de desastres geofísicos se mantuvo
bastante constante, el de desastres hidrometeorológicos (aquellos
causados por el agua y el tiempo meteorológico) aumentó
(véase la figura). En el decenio de los noventa, más del
90 por ciento de los que perdieron la vida en desastres naturales murió
en sucesos hidrometeorológicos tales como sequías, tormentas
de viento e inundaciones. Mientras que las inundaciones fueron la causa
de que más de dos terceras partes de las personas resultaran afectadas
por los desastres naturales, son menos mortales que otros tipos de desastres
y son responsables de sólo el 15 por ciento de las muertes (IFRC
2001). Los costos sociales y económicos de los desastres difieren ampliamente y son difíciles de calcular a nivel mundial. Las declaraciones de daños podrían inducir a error para calcular el impacto económico de los desastres. Si se consideran las declaraciones de daños a las compañías de seguros correspondientes a las inundaciones de 1999 en Austria, Alemania y Suiza, al menos el 42,5 por ciento de los daños estaban protegidos por pólizas de seguro contra desastres. Sin embargo, ese mismo año en Venezuela, el porcentaje asegurado fue sólo del 4 por ciento de los daños causados por inundaciones (CRED-OFDA 2002). Existe la necesidad de contar con datos confiables y sistemáticos sobre los desastres para ayudar a evaluar sus repercusiones socioeconómicas y ambientales tanto en el corto como en el largo plazo. No obstante, aunque las comunidades de los países en desarrollo sufren de numerosos desastres a escala local tales como incendios forestales, inundaciones de pequeña envergadura, sequías e infestación de plagas, a menudo no quedan reflejados en las estadísticas relativas a desastres. Los desastres más costosos en términos puramente financieros y económicos son las inundaciones, terremotos y tormentas de viento, pero sucesos tales como las sequías y hambrunas pueden ser más devastadores en lo que respecta a los seres humanos. Aunque los terremotos representaron el 30 por ciento de los daños estimados, causaron sólo el 9 por ciento del total de víctimas mortales por desastres naturales. En contraste, la hambruna causó la muerte del 42 por ciento, pero representó solamente el 4 por ciento de los daños durante el último decenio (IFRC 2001). En 1999, se calculó que las pérdidas pecuniarias mundiales por causa de sucesos catastróficos naturales superaron los 100 mil millones de dólares, la segunda cifra más alta que se haya documentado hasta la fecha. Se registró un total de 707 sucesos de gran envergadura en comparación con 530 a 600 sucesos en los años anteriores. Es aún más sorprendente que el número de sucesos catastróficos principales durante el último decenio se haya triplicado en comparación con el registro del decenio de los sesenta, mientras que en lo que respecta a pérdidas económicas su monto se multiplicó casi por nueve durante el mismo período (Munich Re 2001). Entre 1995 y 1997, las repercusiones de los riesgos naturales le costaron a Estados Unidos 50.000 millones de dólares como mínimo por año, o el equivalente a cerca de 1.000 millones de dólares por semana (IDNDR 1999a). Las pérdidas económicas de Estados Unidos debidas al fenómeno de El Niño de 1997-98 se calcularon en 1.960 millones de dólares o el 0,03 por ciento de PIB. Ecuador sufrió pérdidas pecuniarias equivalentes, pero representaron el 11,4 por ciento de su PIB. Las inundaciones en China en 1991, 1994-95, y 1998 causaron pérdidas que oscilaron entre 20.000 y 35.000 millones de dólares (CNC-IDNDR 1999). La pérdida anual por desastres naturales durante el período de 1989 a 1996 se calcula que va del 3 al 6 por ciento del PIB de China, con un promedio del 3,9 por ciento. En diciembre de 1999, las tormentas Anatol, Lothar y Martin provocaron pérdidas en el norte de Europa que ascendieron a 5.000-6.000 millones de dólares (Munich Re 2001). En caso de desastre, los países menos desarrollados con una diversidad económica limitada e infraestructura insuficiente están obligados a depender en gran parte de la ayuda externa, y además sus economías necesitan más tiempo para recuperarse. En las economías desarrolladas, los gobiernos, comunidades e individuos tienen mayores capacidades para hacer frente a los desastres, las pérdidas económicas son, hasta cierto grado, absorbidas por una economía diversificada, y la mayoría de los bienes se encuentran asegurados.
Veinticuatro de los 49 países menos desarrollados enfrentan niveles elevados de riesgo de desastres; al menos seis de ellos fueron afectados por entre dos y ocho desastres importantes por año en los últimos 15 años, con consecuencias a largo plazo para el desarrollo humano (UNDP 2001). Desde 1991, más de la mitad del total de desastres registrados sucedieron en países con niveles medios de desarrollo humano (véase «Aspectos socioeconómicos»). Sin embargo, dos terceras partes de las personas que murieron provenían de países con niveles bajos de desarrollo humano, mientras que el 2 por ciento era procedente de países altamente desarrollados. El efecto del desarrollo en los desastres es drástico: en promedio, mueren 22,5 personas en cada desastre registrado en los países altamente desarrollados, 145 mueren en cada desastre sucedido en los países con desarrollo humano medio y 1.052 personas mueren en cada desastre ocurrido en los países con bajos niveles de desarrollo (IFRC 2001). Varios expertos asocian la tendencia actual en los sucesos meteorológicos
de intensidad extrema con un aumento de la temperatura media mundial.
Muchas partes del mundo sufrieron importantes olas de calor, inundaciones,
sequías y otros fenómenos meteorológicos extremos.
Mientras que los sucesos individuales, como por ejemplo los fenómenos
relacionados con El Niño (véase el recuadro), no pueden
relacionarse directamente con los cambios climáticos antropógenos,
se pronostica que la frecuencia y magnitud de esos tipos de sucesos aumentarán
en un mundo más cálido. Es «muy probable» que
los cambios en la temperatura media mundial afecten a parámetros
tales como la distribución de las precipitaciones, la velocidad
del viento, la humedad del suelo y la cubierta vegetal, los cuales aparentemente
influyen en la incidencia de tormentas, huracanes, inundaciones, sequías
y deslizamientos de tierras (IPCC 2001). Por ejemplo, el grado de daños
causados por las mareas de tormentas puede asociarse directamente con
las variaciones del nivel del mar.
El cambio y la variabilidad del clima por sí solos no explican el aumento en las repercusiones relacionadas con los desastres. El calificativo de «natural» puede ser una descripción engañosa para desastres tales como sequías, inundaciones y ciclones que aquejan gran parte del mundo en desarrollo. Hace mucho tiempo que deberían haberse identificado las causas profundas inducidas por el hombre y haberse propugnado cambios estructurales y políticos que las combatan (IFRC 2001). Por ejemplo, la destrucción del medio ambiente natural debido a la explotación forestal y la utilización inadecuada de la tierra para obtener ganancias económicas en el corto plazo es uno de los principales factores que estimulan las inundaciones o deslizamientos de tierras tales como los que golpearon a Venezuela en diciembre de 1999. Del mismo modo, la migración de la población hacia zonas urbanas y costeras aumenta la vulnerabilidad humana a medida que las densidades demográficas aumentan, la infraestructura se sobrecarga, las áreas habitables se acercan a las industrias potencialmente peligrosas, y se construyen más asentamientos en zonas vulnerables tales como llanuras aluviales o zonas proclives a los deslizamientos de tierras. Como consecuencia, las catástrofes naturales afectan a más personas y las pérdidas económicas aumentan. Por ejemplo, a pesar del hecho de que la actividad sísmica se mantuvo constante en los últimos años, los efectos de los terremotos en las poblaciones urbanas parecen estar incrementándose. |
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