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Los sucesos hidrometeorológicos extremos tales como las inundaciones
y las sequías son comunes en la totalidad de África, mientras
que los geofísicos, como los terremotos, ocurren predominantemente
en África del Norte, a lo largo de la cadena montañosa del
Atlas, y en el valle africano del Rift, que experimenta también
actividad volcánica. La Oscilación Meridional El Niño
causa alteraciones climáticas significativas en la mayor parte
de África, ya sea induciendo sequías o inundaciones o aumentando
las temperaturas del mar, efecto que produce ciclones.
Esos sucesos naturales se convierten en desastres cuando afectan a grandes
números de personas o a infraestructura, como sucedió durante
los últimos 30 años debido a las elevadas tasas de crecimiento
demográfico, especialmente en los centros urbanos y las zonas propensas
a las sequías; el 34 por ciento de la población africana
vive en zonas áridas en contraste con sólo el 2 por ciento
de la población europea (Findlay 1996).
Entre las repercusiones de los desastres cabe mencionar la pérdida de
vidas y medios de subsistencia, daños a la infraestructura y las comunicaciones,
la interrupción de las actividades económicas y un riesgo mayor de brotes
de enfermedades. En muchos lugares, esos efectos se agravan por la pobreza,
la marginalización y el hacinamiento. Las infraestructuras inadecuadas,
viejas y deterioradas aunadas a la falta de seguridad económica para sobrellevar
épocas de privaciones, también ponen en peligro las capacidades de las
personas para hacer frente a los desastres y, por ende, magnifican los
efectos de los mismos. Cada vez preocupa más el hecho de que la frecuencia
y severidad de los desastres están aumentando en un momento en que los
sistemas de alerta temprana son inadecuados y la gestión de actividades
en casos de desastre es débil (DMC 2000).
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