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Los incendios forestales son parte natural del paisaje de América
del Norte y cumplen una función destacada al mantener y regenerar
ciertos tipos de bosques (NIFC 2000). Los incendios de bosques provocados
por rayos son útiles para desmontar árboles viejos y muertos
que luego son rápidamente reemplazados por árboles nuevos
y robustos (CCFM 2000). Esos incendios dejan espacio a nuevos especímenes,
ayudan a aumentar la diversidad, limpian los restos y elevan la disponibilidad
de nutrientes (Jardine 1994).
Desde el decenio de los setenta, la superficie quemada anual por los
incendios forestales ha aumentado (véase el gráfico). El
incremento se debe a una serie de factores: la acumulación de combustible
de programas anteriores de protección contra incendios; los cambios
en las políticas relativas a la quema dirigida; y un mayor acceso
público a los bosques. El cambio climático también
estuvo implicado. La importancia relativa de esos factores es polémica.
Estados Unidos hace mucho tiempo que aplica una política agresiva de
extinción de incendios y, para el decenio de los setenta, los incendios
se mantenían en cerca de 2 millones de hectáreas por año en los 48 estados,
superficie menor a los 16 millones de hectáreas que se quemaban cada año
en los años treinta (Booth 2000, White House 2000b, H. John Heinz III
Center 2001).
En consecuencia, las especies normalmente eliminadas
por los incendios se volvieron dominantes. Los árboles muertos
acumulados durante los períodos de sequía originaron cargas
excesivas de combustible. La extinción de incendios evitó
que los incendios naturales de baja intensidad quemaran ese combustible
acumulado. Ello provocó incendios cada vez mayores y catastróficos
(White House 2000b).
En el decenio de los setenta, se comenzó a reconocer la importancia
de los incendios naturales periódicos. Las políticas estadounidenses
de extinguir todos los incendios antes de que abarcaran 4 hectáreas
para las 10 de la mañana del día siguiente se suspendieron
a fines del decenio de los setenta (Gorte 1996). Se decidió no
interferir con los incendios en zonas silvestres o parques nacionales
a menos que amenazaran a personas o las tierras aledañas (COTF
2000, Turner 2001). Además, se introdujeron políticas de
quema dirigida y de «dejar que el incendio se extinga solo»
para disminuir el combustible acumulado y proteger los asentamientos y
empresas. Esos incendios son provocados a propósito o son causados
por rayos y se permite que se extingan por sí solos. Anualmente,
se tratan más de 2 millones de hectáreas con quema dirigida
en Estados Unidos (Mutch 1997).
Sin embargo, esas políticas no estuvieron libres de polémica.
En 1988, se permitió que partes de Yellowstone, el Parque Nacional
más grande de Estados Unidos, se quemaran después de ser
alcanzados por un rayo. El incendio se extendió rápidamente
a raíz de una grave sequía estival y vientos intensos. Finalmente,
se decidió extinguirlo. Al haber costado 120 millones de dólares,
fue la extinción de incendios más cara en la historia de
ese país (NPS 2000).
El reto de manejar incendios de bosques se agravó por los aumentos
en la población cercana a zonas propensas a los incendios. Se calcula
que en el decenio de los noventa, los incendios dañaron seis veces
más viviendas que en el decenio anterior (Morrison y otros 2000).
Los incendios de bosques generan también riesgos relativos al humo
y algunas carreteras, aeropuertos y zonas recreativas deben cerrar periódicamente
por causa de la reducción de la visibilidad. El humo constituye
igualmente un riesgo para la salud debido a las sustancias químicas
tóxicas que contiene.
Es posible que los cambios en el clima que pueden provocar condiciones
más secas y tormentas más intensas, cumplan también
una función en el cambio de las pautas de incendios. En 1989, por
ejemplo, se produjeron incendios sin precedentes en el oeste de Canadá
y en las zonas al este de la bahía de James, causados por condiciones
meteorológicas inusitadas y una ola de calor excepcional en el
Ártico (Jardine 1994, Flannigan y otros 2000). La intensidad de
la época de incendios de 1995 en Canadá, durante la cual
se quemaron 6,6 millones de hectáreas de superficie forestal, en
parte se debió también a condiciones extremadamente secas
(EC 1999b).
En el futuro, el índice de gravedad anual de incendios en América
del Norte bien puede aumentar por causa del cambio climático, ya
que se pronostica que provocará el aumento del número de
rayos y de la fuerza y frecuencia de las tormentas de viento (Jardine
1994). Se está intensificando la investigación sobre la
relación entre el cambio climático y el forestal.
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