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| -> Capítulo 4 -> Historia de cuatro futuros |
Un mundo dividido |
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Alarmados por los movimientos migratorios, el terrorismo y las enfermedades, miembros de las minorías opulentas temen verse afectados también. Hasta algunas de las naciones más prósperas sienten los efectos al ritmo que la infraestructura decae, la tecnología falla y las instituciones se derrumban. A medida que las economías de la OCDE desfallecen y sus poblaciones envejecen, empiezan a desenmarañarse los programas sociales introducidos en el siglo XX, pero descuidados año tras año. Estos y otros factores llevan a un giro dramático en los enfoques de la gestión de gobierno. Habiendo estado a la expectativa, a veces voluntariamente, y viendo cómo se deterioran sus facultades, los gobiernos se esfuerzan por reafirmar su autoridad. Para detener la caída, las fuerzas del orden reaccionan con cohesión y fuerza suficientes para imponer un orden autoritario en gran parte del mundo. En muchas regiones, estos giros parecen ser una mera continuación de la práctica normal o un regreso al pasado no tan distante. En otras, sin embargo, no resulta sencillo sacrificar ideales largamente atesorados (como democracia, transparencia y participación en el la gestión de gobierno) a cambio de una mayor seguridad. Un sentido creciente de ética de bote salvavidas (la aceptación que sólo dejando que unos se ahoguen pueden mantenerse los demás a flote) permite a los gobiernos y a los ciudadanos de estos países tomar ciertas decisiones consensuadas. Otras decisiones se toman a la larga sin el consentimiento popular y se aceptan sin cuestionamientos. El desarrollo de este proceso toma tiempo, pero gradualmente surge un
modelo. En las naciones ricas, la gente más acaudalada florece
en enclaves protegidos y el público en general disfruta del incremento
en la seguridad. Persisten fortalezas en las naciones más pobres,
que protegen a las élites y los recursos estratégicos restantes.
En algunas regiones, el control no es estable; la base del poder cambia
a medida que una facción o grupo étnico se impone sobre
otro. Las fortalezas son «islas de prosperidad en un mar de pobreza y desesperación» (Hammond 1998), descendientes de las ciudades amuralladas de eras pasadas y de los barrios privados de tiempos más recientes. A veces, los muros son físicos, otras, más bien metafóricos. Sin embargo, estas burbujas de riqueza no están aisladas. Están conectadas a una red mundial que comparte intereses económicos, ambientales y de seguridad. A través de esta red, la globalización continúa aunque en una forma distorsionada. Dentro de los muros, la vida prosigue en forma aparentemente ordenada.
Los avances tecnológicos siguen su curso. Los servicios de salud
y educacionales siguen proporcionándose, las pautas de consumo
no sufren cambios de consideración y las condiciones ambientales
permanecen iguales. Las empresas ayudan aportando algunos programas socialmente
importantes, en especial aquellos relacionados de manera directa con sus
intereses, como la educación para resolver la escasez de personal
capacitado y satisfacer las necesidades básicas de los trabajadores.
Con todo, se reconoce que la seguridad es de importancia primordial. Se
pretende lograr con la ayuda de instituciones y cuerpos policiales autoritarios,
cuyos métodos incluyen la vigilancia, la identificación
y la persecución de grupos disidentes determinados. Fuera de los muros, la mayoría es víctima de la pobreza. La atención de las necesidades básicas (agua, salud, salubridad, saneamiento, vivienda y energía) es parcial y, con frecuencia, inexistente. A mucha gente se le niegan libertades básicas. En comparación con las sociedades cohesivas amuralladas, este mundo se vuelve cada vez más caótico y aislado. Estas comunidades siguen logrando avances tecnológicos, a veces mediante robos o fugas entre los muros, pero también gracias a iniciativas propias. Sin embargo, estos avances tienden a ser de pequeña escala y la falta de armonización y creación de capacidad impide que haya mayores adelantos que propicien mejoras importantes. La incapacidad para establecer economías de escala dificulta aún más el progreso y el crecimiento. La interacción entre la vida dentro y fuera de los enclaves va
mucho más allá de la mera vigilancia de las fronteras entre
ellos. Las burbujas de prosperidad dependen en gran medida de un flujo
constante de recursos de zonas que no están totalmente bajo su
control. En los lugares donde la elite puede ejercer el control, hay un
estricto manejo de las zonas de origen de productos tanto de valor comercial
como básicos para la supervivencia. Estas zonas bien protegidas,
tanto terrestres como marítimas, representan un refugio para muchas
otras especies, pero no sirven de mucho para mejorar las condiciones de
la gran cantidad de gente que queda excluida. En los casos en que las
zonas simplemente son explotadas y abandonadas, se espera que quienes
están afuera enfrenten las repercusiones. La elite también depende del mundo en general para absorber los excesos de su estilo de vida. Los desechos producidos dentro de las fortalezas se transportan a la periferia. Los estragos que estos desechos causan en los sistemas naturales no protegidos se suman a los problemas de las personas que luchan por sobrevivir. Estos problemas incluyen el uso excesivo y la contaminación de los recursos hídricos superficiales y subterráneos, los efectos del consumo sin control de combustibles fósiles sucios, la contaminación de desechos sólidos no tratados, la deforestación continua para obtener más leña y la degradación de zonas marginales destinadas a la agricultura.
El comercio también cruza las fronteras entre ambos mundos. Los que están dentro de los muros no pierden el gusto por productos que deben venir de fuera, incluidas las drogas ilegales y los derivados de especies raras. A cambio, el dinero y los pertrechos militares logran salir extramuros, donde desencadenan no sólo el caos y la anarquía, sino también ataques terroristas periódicos contra las fortalezas. En este clima, las pequeñas empresas, tanto informales como formales, florecen atendiendo las necesidades locales. Las organizaciones de beneficencia y otros prestadores de asistencia social de la sociedad civil tratan de ayudar cuando los gobiernos y las empresas no alcanzan a satisfacer las necesidades básicas, lo que sucede en muchas ocasiones, pero la tarea dista mucho de ser sencilla y sus esfuerzos, de ser eficaces. |
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