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GEO-3: GLOBAL ENVIRONMENT OUTLOOK  
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Degradación y pérdida del hábitat

El foco de atención de las actividades de conservación se ha desplazado recientemente de la protección de especies individuales a la conservación de hábitat y ecosistemas. Un ejemplo de cómo son ahora concebidos los planes de conservación a escalas mucho más amplias lo da el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), que estableció recientemente las prioridades para la acción a escala de ecorregiones (grandes zonas de clima relativamente uniforme que abrigan un conjunto característico de especies y comunidades ecológicas). Entre las ecorregiones cuya conservación es importante cabe mencionar el lago Baikal en Rusia, la Gran Barrera de Coral en Australia y los bosques atlánticos de Argentina, Brasil y Paraguay.

La pérdida y degradación del hábitat es la causa más importante de la pérdida de especies. Por ejemplo, la conversión de bosques o pastizales en tierras de cultivo provoca la extinción local de especies vegetales y animales (Sala y otros 2000). En el mundo entero se han convertido en tierras de cultivo cerca de 1,2 millones de km2 de tierra durante los últimos 30 años. En una encuesta mundial reciente se identificó la pérdida de hábitat como el factor que más afectaba al 83 por ciento de los mamíferos amenazados y al 85 por ciento de las aves amenazadas (Hilton-Taylor 2000, BirdLife International 2000). La modificación del hábitat es causada por distintos tipos de cambio en el uso de la tierra, con inclusión del desarrollo agrícola, la explotación forestal, la construcción de represas, la explotación minera y el desarrollo urbano.

Durante los tres últimos decenios se han producido pérdidas mayores en prácticamente todos los tipos de hábitat natural. Por ejemplo, las evaluaciones de la FAO muestran que entre 1980 y 1995 la cubierta forestal en los países en vías de desarrollo ha disminuido aproximadamente 2 millones de km2, lo que representa una pérdida anual promedio de 130.000 km2 (FAO 1999a). Entre las causas más importantes de pérdida de bosques se cuentan la conversión con fines agrícolas y los esquemas de desarrollo que implican reasentamientos. Como resultado de ello, hábitat como los bosques tropicales secos de América Central han prácticamente desaparecido (UNDP, UNEP, World Bank y WRI 2000). En cuanto a pérdida de especies, los hábitat de agua dulce son los más degradados, pues cerca del 20 por ciento de las especies de agua dulce se han extinguido o se han visto amenazadas de extinción en los últimos decenios (UNDP, UNEP, World Bank y WRI 2000). La principal causa de extinción de peces de agua dulce es la disminución de la calidad del hábitat (Harrison y Stiassny 1999).

Los ecosistemas de tierras secas, que cubren más de un tercio de la superficie continental del planeta, son particularmente vulnerables a la degradación. Las estadísticas indican que más de 250 millones de personas están directamente afectadas por la desertificación (UNCCD 2001). En 1977, 57 millones de personas no pudieron producir suficientes alimentos para su sustento como resultado de la degradación de tierras y en 1984 este número había aumentado a 135 millones (UNEP 1992). No se han documentado de manera global los efectos de la degradación de la diversidad biológica en tierras secas, pero el pastoreo del ganado, la deforestación, la introducción de especies foráneas y la conversión a tierras de cultivo han sido causas de cambios substanciales (UNEP 1995). Para responder a esta situación, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Desertificación adoptó en 1977 un Plan de Acción para combatir la desertificación. A pesar de ello, las evaluaciones realizadas por el PNUMA en 1992 indicaron que la degradación de tierras continuó intensificándose en muchas regiones de tierras secas. Como resultado de esta constatación se estableció la Convención de las Naciones Unidas de lucha contra la desertificación, que entró en vigor en 1996. Esta convención tiene como objetivo promover una acción eficaz mediante programas locales y asociaciones internacionales.

Número global y área de los sitios protegidos, por año

El área total de zonas protegidas ha aumentado de cerca de 2 millones km2 en 1965 a más de 12 millones de km2 en 2000.

Nota: áreas de más de 1.000 ha, Categorías UICN I-VI.

Fuente: recopilación a partir de Green y Paine 1997 y de UNEP-WCMC 2001b.

Los humedales son regiones donde la capa freática se encuentra a nivel de la superficie del suelo o muy cerca de ella, o donde el suelo está cubierto por una capa de agua poco profunda. Incluyen las zonas pantanosas, marjales y turberas. Los humedales tienen una función importante en la regulación del caudal de agua y una importancia excepcional como hábitat de gran número de especies. Los hábitat de los humedales tienen también una gran importancia económica como fuentes proveedoras de agua y recursos pesqueros (más de dos tercios de los peces recolectados en el mundo provienen de zonas de humedales interiores y costeros). La preocupación por la degradación y la pérdida de tales hábitat llevó al establecimiento de la Convención sobre los humedales de importancia internacional especialmente como hábitat de aves acuáticas (Ramsar), en 1971. La Convención de Ramsar constituye el marco de la acción nacional y de la cooperación internacional para la conservación y uso prudente de los humedales y sus recursos (véase Cap. 1 para más información).

La designación de zonas protegidas, tales como los parques nacionales, es uno de los métodos más utilizados para conservar los hábitat. Además de los parques nacionales, existen 167 sitios designados actualmente como sitios de patrimonio natural en el marco de la Convención sobre la protección del patrimonio mundial cultural y natural. El área total de los sitios protegidos ha aumentado continuamente durante los tres últimos decenios, pasando de menos de 3 millones de km2 en 1970 a más de 12 millones de km2 a fines de los años 1990 (Green y Paine 1997), lo cual indica que los gobiernos hacen esfuerzos continuos para establecer zonas protegidas. Aunque se ha cuestionado la eficacia de las zonas protegidas para conservar la diversidad biológica, un análisis reciente de 93 zonas protegidas en distintas partes del mundo muestra que la mayoría de los parques detienen exitosamente el desmonte y mitigan en menor medida la explotación forestal, la caza, los incendios y el pastoreo (Bruner y otros 2001).

La respuesta más importante a la crisis de la diversidad biológica en los últimos 30 años fue dada por el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB), que entró en vigor en diciembre de 1993 y que hasta diciembre de 2001 había sido firmado por 182 Partes. El Convenio tiene tres objetivos principales: la conservación de la diversidad biológica, el uso sostenible de los componentes de la diversidad biológica, y la participación justa y equitativa en los beneficios que resultan del uso de los recursos genéticos (véase Cap. 1).

El CDB condujo a una intensa actividad en los niveles nacional e internacional y a una mayor coordinación de la acción intersectorial dentro de los países y entre los mismos. No obstante, hay que superar todavía algunos desafíos importantes para aumentar la capacidad de evaluar la diversidad biológica y su valor para los seres humanos, asegurar los recursos financieros adecuados para las actividades de conservación, y obtener el apoyo político para los cambios que son necesarios a fin de asegurar la conservación y el uso sostenible de la diversidad biológica.

Los informes nacionales muestran con claridad que la implementación del convenio está avanzando en la mayoría de los países, ejemplo de lo cual son la preparación de estrategias y planes de acción nacionales sobre diversidad biológica, los esfuerzos crecientes por reformar los acuerdos institucionales y legislativos, la integración de la diversidad biológica en actividades sectoriales y el mayor reconocimiento por parte de los gobiernos de la importancia de identificar y monitorear la diversidad biológica.

No es posible todavía evaluar con precisión los efectos del CDB sobre la diversidad biológica, en parte porque el CDB ha entrado en vigor hace poco tiempo. Además, las partes signatarias del Convenio deben aun establecer los criterios e indicadores aplicables mundialmente que permitan medir los cambios globales en la diversidad biológica. Es evidente que el convenio ha tenido cierta repercusión en los cuadros de elaboración de políticas en muchos países. Lo que sigue siendo difícil de evaluar es el grado de compromiso a implementarlas y el modo en que los cambios de políticas van a traducirse en cambios en el estado de la diversidad biológica. Esta cuestión se trata en el plan estratégico para el convenio, que se está considerando actualmente.