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Gases de efecto invernadero y cambio climático

Concentraciones de dióxido de carbono en Mauna Loa, Hawaii (partes por millón por volumen)

Los registros provenientes de Mauna Loa, en Hawaii, muestran cómo han aumentado las concentraciones de CO2: el aumento se debe principalmente a emisiones antropógenas que son causadas por la quema de combustibles fósiles.

Fuente: Keeling y Worf 2001.

El conocimiento científico del «efecto invernadero» natural remonta a más de un siglo (Arrhenius 1896): la Tierra mantiene su temperatura en equilibrio mediante una delicada relación entre la energía solar entrante (radiación de onda corta) que absorbe y la energía infrarroja saliente (radiación de onda larga) que emite, parte de la cual escapa al espacio. Los gases de efecto invernadero (vapor de agua, dióxido de carbono, metano y otros) dejan pasar la radiación solar a través de la atmósfera de la Tierra casi sin obstáculo, pero absorben la radiación infrarroja de la superficie de la Tierra e irradian parte de la misma nuevamente hacia la Tierra. Ese efecto de invernadero natural mantiene la temperatura de la superficie de la Tierra aproximadamente 33 grados centígrados más caliente de lo que sería sin él, es decir, la mantiene lo suficientemente caliente como para sustentar la vida.

La concentración de CO2 en la atmósfera, uno de los principales gases de efecto invernadero, aumentó de manera significativa desde la revolución industrial (véase el gráfico donde se pone de manifiesto el crecimiento desde que se comenzaron a hacer mediciones directas en 1957). Esto contribuyó a un efecto invernadero intensificado conocido como «calentamiento de la Tierra».

La concentración de CO2 en la atmósfera es actualmente de aproximadamente 370 partes por millón (ppm), lo que representa un aumento de más del 30 por ciento desde 1750. El aumento se debe en gran medida a las emisiones antropógenas de CO2 provenientes de la quema de combustibles fósiles y, en menor medida, al cambio en el uso de la tierra, la producción de cemento y la combustión de biomasa (IPCC 2001a). Aunque el CO2 cuenta por más del 60 por ciento del efecto invernadero adicional acumulado desde la industrialización, las concentraciones de otros gases de efecto invernadero, como el metano (CH4), óxido nitroso (N2O), halocarbonos y halones, también han aumentado. Éstos, en comparación con el CO2, el CH4 y el N2O, han contribuido aproximadamente un 20 por ciento y un 6-7 por ciento respectivamente al aumento del efecto invernadero. Los halocarbonos han contribuido con aproximadamente un 14 por ciento. Muchas de estas sustancias químicas están reglamentadas por el Protocolo de Montreal (véase más arriba). Pero aquellas cuyo potencial de agotamiento del ozono es insignificante no están controladas por dicho Protocolo. Aunque representan menos del 1 por ciento del efecto invernadero adicional acumulado desde la industrialización, las concentraciones de estas sustancias en la atmósfera están aumentado (IPCC 2001a).

Las emisiones de gases de efecto invernadero se distribuyen de manera desigual entre los países y regiones. Los países industrializados son, en general, responsables de la mayor parte de las emisiones pasadas y presentes. Los países de la OCDE produjeron más de la mitad de las emisiones de CO2 en 1998, con un promedio de emisión per cápita aproximadamente tres veces mayor que el promedio mundial. Pero la proporción de las emisiones de los países de la OCDE en el total mundial de emisiones de CO2 ha disminuido en un 11 por ciento desde 1973 (IEA 2000).

Al evaluar los posibles efectos del aumento de concentraciones atmosféricas de gases de efecto invernadero, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambios Climáticos (IPCC) concluyó en 2001 que «hay nuevas y más sólidas evidencias de que la mayor parte del calentamiento observado durante los últimos 50 años es atribuible a las actividades humanas». El calentamiento global ascendió a cerca de 0,6 (±0,2) ºC durante el siglo XX; los años noventa han sido «muy posiblemente» el decenio más cálido y 1998, el año más caliente en los registros oficiales, que se mantienen desde 1861. Gran parte del aumento del nivel del mar durante los últimos cien años (aproximadamente 10 a 20 cm) ha estado probablemente relacionado con el aumento simultáneo de la temperatura global (IPCC 2001a).

Tanto los ecosistemas como la salud humana y la economía son sensibles a los cambios climáticos, no sólo a la intensidad de dichos cambios sino también a su ritmo. Mientras que para muchas regiones los efectos de los cambios serán probablemente adversos, y algunos de ellos potencialmente irreversibles, para otras algunos de esos efectos podrían ser beneficiosos. Los cambios climáticos constituyen un estrés adicional para aquellos ecosistemas que ya están afectados por una demanda creciente de recursos, por prácticas de manejo insostenibles y por contaminación.

Algunos de los primeros resultados del cambio climático pueden servir de indicadores. Varios ecosistemas vulnerables, tales como los arrecifes de coral, corren peligro serio como resultado de la creciente temperatura del mar (IPCC 2001b) y algunas poblaciones de aves migratorias han disminuido debido a variaciones desfavorables de las condiciones climáticas (Sillett, Holmes y Sherry 2000). Los cambios climáticos pueden además afectar la salud y el bienestar de los seres humanos de distintas maneras. Por ejemplo, pueden hacerlo alterando la disponibilidad de agua dulce, la producción de alimentos, la distribución y propagación estacional de enfermedades de transmisión vectorial, como el paludismo, el dengue y la esquistosomiasis. La presión adicional de los cambios climáticos provocará distintas reacciones en las regiones. Cabe temer que puedan reducir la habilidad de algunos ecosistemas para proveer, sobre una base sostenible, bienes y servicios clave, necesarios para el éxito del desarrollo económico y social, tales como alimentos adecuados, aire y agua puros, energía, abrigo seguro y bajos niveles de enfermedad (IPCC 2001b).

Emisiones de dióxido de carbono por región, 1998 (millones de toneladas de carbono por año)

Las emisiones antropógenas de gas de efecto invernadero se distribuyen de manera irregular entre las distintas regiones - la mayoría de las emisiones provienen de las regiones industrializadas. Las cifras incluyen emisiones por quema de combustible, la combustión en antorcha y la producción de cemento.

Fuente: Recopilación a partir de Marland, Boden y Andres, 2001.

La Convención Marco sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (UNFCC), adoptado por la CNUMAD en 1992 (véase Capítulo 1), tiene como objetivo último «la estabilización de las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera a un nivel que impida interferencias antropógenas peligrosas en el sistema climático» (UNFCCC 1992). La Convención define además varios principios de importancia fundamental, por ejemplo que las Partes deben adoptar medidas de precaución y actuar «sobre la base de la equidad y de conformidad con sus responsabilidades comunes pero diferenciadas». Como se trata de una convención marco, la UNFCCC sólo contenía una recomendación no-vinculante instando a los países industrializados a reducir a los niveles de 1990 las emisiones de CO2 y de otros gases de efecto invernadero (no controlados por el Protocolo de Montreal) antes del año 2000 (UNFCCC 1992). A pesar de esta recomendación, la mayoría de ellos no ha reducido las emisiones antropógenas de gases de efecto invernadero a los niveles de 1990 (UNFCCC 2001). En general, las emisiones mundiales de casi todos los gases de efecto invernadero antropógenos, especialmente de CO2, continúan aumentando (IEA 2000). Esto pone de manifiesto que las políticas y medidas adoptadas en el nivel nacional e internacional son inadecuadas para enfrentar el problema de los cambios climáticos.

En su Segundo Informe de Evaluación el IPCC sostuvo que «las pruebas en uno u otro sentido dan a entender en definitiva que existe una influencia humana discernible sobre el clima global» (IPCC 1996). Esta afirmación sin equívocos dio el fundamento científico para la adopción del Protocolo de Kioto a la UNFCCC en diciembre de 1997. Este Protocolo es el primero en establecer objetivos de reducción de gases de efecto invernadero que la mayoría de los países industrializados deben lograr. La gama de objetivos, sin embargo, varía desde la obligación a reducir las emisiones en un 8 por ciento (en el caso de la Unión Europea y muchos de los países de Europa Central) hasta el permiso de aumentarlas hasta en 10 por ciento (Islandia) o en 8 por ciento (Australia). En general, los países industrializados deben reducir, durante el periodo 2008-2012, la suma de sus emisiones a un nivel que sea por lo menos 5 por ciento inferior al nivel de 1990. No se impuso ninguna nueva obligación a los países en desarrollo. El Protocolo de Kioto también permite la implementación colectiva de obligaciones mediante la aplicación de los llamados «mecanismos de Kioto». Estos mecanismos procuran dar «flexibilidad geográfica» y reducir los costos que lleva aparejados el cumplimiento de los compromisos de Kioto. Por ejemplo, uno de ellos, llamado Mecanismo de Desarrollo Limpio, permite que los países industrializados reciban créditos de emisión por llevar a cabo proyectos cuya finalidad es reducir emisiones de gases de efecto invernadero en países en desarrollo (UNFCCC 1997).

Los antecedentes de la cooperación internacional sobre cambios climáticos

A comienzos de los años setenta los científicos comenzaron a llamar la atención de los
responsables de la elaboración de políticas sobre el calentamiento de la Tierra como una
amenaza mundial creciente (CEP 1970). No obstante, sus llamados fueron inicialmente
ignorados, y a medida que la economía siguió creciendo también aumentó la cantidad de
combustibles fósiles que se utilizaban, la extensión de zonas forestales taladas para la
agricultura y la producción de halocarbonos. Fueron necesarios veinte años más de esfuerzos
continuos por parte de científicos, ONG, organizaciones internacionales y varios gobiernos para
lograr que la comunidad internacional reconociera la importancia de la acción coordinada para
enfrentar el problema de los cambios climáticos.

Se considera generalmente que la Conferencia de Estocolmo fue el punto de partida de los
esfuerzos internacionales en materia de variaciones climáticas y cambios climáticos (UN
1972). La primera Conferencia Mundial sobre el Clima, realizada en Ginebra en 1979,
manifestó preocupación sobre el patrimonio atmosférico común. Los participantes fueron
principalmente científicos y la Conferencia llamó poco la atención de los responsables de
políticas. En los años de la década de 1980 se realizaron una serie de conferencias y talleres
en Villach, Austria, en los cuales se examinaron posibles consecuencias importantes de las
emisiones futuras de todos los gases de efecto invernadero. En la reunión de Villach en 1985
un grupo internacional de científicos logró consenso sobre la seriedad del problema y el peligro
de un calentamiento significativo de la Tierra (WMO 1986).

Como consecuencia de la creciente presión del público y de las advertencias de la
Comisión Brundtland (WCED 1987), el problema de los cambios climáticos mundiales entró en
la agenda política de varios gobiernos. Un avance diplomático tuvo lugar en la Conferencia
Mundial sobre Atmósfera Cambiante, realizada en Toronto en 1988, con la recomendación que
instaba a las naciones desarrolladas a reducir las emisiones de CO2 en un 20 por ciento
respecto de los niveles de 1988 para el año 2005. Pocos meses después se establecido el
IPCC, por decisión conjunta de la OMM y del PNUMA, con el fin de examinar los conocimientos
científicos que se poseen sobre cambios climáticos, sus efectos, sus aspectos económicos, así
como las posibles medidas de mitigación y de adaptación que se podrían aplicar a los mismos.
Los estudios producidos por IPCC, especialmente los tres extensos Informes de evaluación de
1990, 1995 y 2001, cubren todas las facetas de los cambios climáticos.

Se calcula que para los países industrializados el costo de implementar el Protocolo de Kioto podría variar entre el 0,1 y el 2 por ciento de sus PIB en 2010 (IPCC 2001c) y que las mayores consecuencias las sufrirían las economías más dependientes de combustibles fósiles. Ante la perspectiva de tales pérdidas económicas, algunas naciones industrializadas han menoscabado la validez de los compromisos asumidos en Kioto y el Protocolo de Kioto como un todo. Los debates sobre las normas y modalidades de implementación del Protocolo se prolongaron hasta la sexta conferencia de las Partes en la UNFCCC, que tuvo lugar en La Haya en noviembre de 2000. Como las Partes de la negociación no lograron consenso, la conferencia se levantó y las Partes convinieron en reanudar las negociaciones en 2001. El debate mundial llegó a su punto decisivo en marzo de 2001, cuando el gobierno de los EE.UU. decidió no imponer ninguna restricción legal, tales como las implícitas en el Protocolo de Kioto, a las emisiones antropógenas de gases de efecto invernadero. La administración de los EE.UU. declaró de este modo su oposición al Protocolo, y afirmó que lo consideraba «irremediablemente defectuoso» porque causaría daño a la economía de los EE.UU. y eximía a los países en desarrollo de participar plenamente en él (Coon 2001). Esta decisión significaba que Estados Unidos, uno de los principales emisores de CO2, no ratificaría el Protocolo de Kioto.

El Protocolo de Kioto nunca habría entrado en vigor si otros países desarrollados hubieran adoptado la misma postura. Sin embargo, al resumir las sesiones de la sexta Conferencia de las Partes (COP-6 Part II) en Bonn, Alemania, en julio de 2001, las Partes (con excepción de Estados Unidos) completaron con éxito las negociaciones destinadas a establecer los detalles operacionales de los compromisos sobre reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. También lograron acuerdo sobre acciones para fortalecer la UNFCCC mismo. La decisión política, o Acuerdo de Bonn, fue adoptada formalmente por la Conferencia de las Partes el 25 de julio de 2001. Muchos la consideraron como el acuerdo político «histórico» que salvó al Protocolo de Kioto y preparó el terreno para su ratificación, aunque se reconoció también que fue tan sólo un pequeño paso hacia la solución del problema mundial. Las discusiones dieron también por resultado una Declaración Política de la Unión Europea, Canadá, Islandia, Noruega, Nueva Zelandia y Suiza relativa a la ayuda financiera para países en desarrollo. Esta Declaración incluye el compromiso de proveer una contribución anual de 410 millones de dólares antes de 2005 (IISD 2001a).

Poco después de COP-6 II, los negociadores en materia de cambios climáticos de la COP-7, reunidos en Marrakech en octubre-noviembre de 2001, dieron forma final a cuestiones importantes relacionadas con el acuerdo político logrado en Bonn, tales como el sistema de cumplimiento, los «mecanismos de Kioto», la contabilidad, la presentación de informes y el análisis de la información de acuerdo con el Protocolo de Kioto, y muchas otras (conocidas como los «Acuerdos de Marrakech»). El acuerdo logrado en Marrakech no sólo hace posible la ratificación del Protocolo de Kioto en un futuro próximo, sino que sirve también como fundamento para un enfoque multilateral de conjunto que puede y debe lograrse más allá de dicho Protocolo (IISD 2001b).

El logro de los objetivos de Kioto será solamente un primer paso hacia la solución del problema de los cambios climáticos, porque dicho logro tendrá un efecto marginal en la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera. Aun cuando se logre a largo plazo la estabilización de las concentraciones de los gases de efecto invernadero en la atmósfera, el calentamiento continuará por varios decenios, y los niveles de los océanos continuarán subiendo por siglos, con las serias consecuencias que eso trae aparejadas para millones de personas (IPCC 2001a, b).