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Las primeras mediciones del agujero de la capa de
ozono, efectuadas en 1985 por un grupo de investigadores ingleses (Farnham,
Gardiner y Shanklin 1985), tomaron al mundo científico y a los
políticos por sorpresa. El informe Global 2000 (Perspectiva ambiental
en el horizonte 2000) reconoció por primera vez que la extinción
de las especies amenazaba la diversidad biológica como componente
esencial de los ecosistemas de la Tierra (US Government 1980). Conforme
se hacía más clara la interdependencia entre el medio ambiente
y el desarrollo, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó
la Carta Mundial de la Naturaleza, orientando la atención al valor
intrínseco de las especies y los ecosistemas (UNGASS 1982).
Además de nuevos descubrimientos, los años ochenta también
presenciaron una variada gama de eventos catastróficos que dejaron
una marca permanente tanto en el medio ambiente como en la comprensión
de su relación con la salud humana. En 1984, el derrame en una
planta de Union Carbide dejó un saldo de 3 000 muertos y 20 000
heridos en Bophal, India (Diamond 1985). En ese mismo año, casi
un millón de personas murieron de inanición en Etiopía.
En 1986 tuvo lugar el peor accidente nuclear del mundo cuando explotó
un reactor en la planta nuclear de Chernóbil en la República
de Ucrania, Unión Soviética. El derrame en 1989 de 50 millones
de litros de petróleo del carguero Exxon Valdez en Prince William
Sound, Alaska, demostró que ninguna zona, por más remota
y «prístina», está a resguardo del efecto de
las actividades humanas.
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