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Las economías de los países africanos se han basado principalmente
en materias primas o la extracción de recursos naturales, destinados
en ambos casos a la exportación sin procesar. Consecuentemente,
el desarrollo económico ha sido menor a su potencial, porque el
valor que es agregado en el procesamiento se acumula fuera del continente,
lo que hace que las economías africanas sean extremadamente vulnerables
a las fluctuaciones externas de precios y a las regulaciones del comercio.
La primera crisis petrolera de 1973-74 desencadenó una serie de
trastornos y una recesión económica que duró más
de un cuarto de siglo. La caída de los precios del café,
cacao, y otros cultivos comerciales en los años ochenta tuvieron
efectos catastróficos en las economías de la región.
Entre 1970 y 1995, África perdió la mitad de sus mercados,
lo que representó una caída de ingresos de aproximadamente
70.000 millones de dólares (Madavo 2000).
La dependencia de África de la agricultura de secano implica que
la producción es vulnerable a los cambios climáticos, los
que pueden afectar drásticamente la seguridad alimentaria y humana,
así como las exportaciones. El énfasis en extracción
de minerales, los cultivos comerciales y la explotación maderera
también han tenido efectos negativos en el medio ambiente.
Con los inconvenientes adicionales derivados de una
población en crecimiento, el rendimiento económico de África
ha sido deficiente durante los últimos 25 años. El PIB per
cápita en África subsahariana ha disminuido un 1 por ciento
anual entre 1974 y 1999 y los ingresos también se han reducido
(UNDP 2001). Sin embargo, 34 países africanos registraron aumentos
en ingresos per cápita entre 1994 y 1997, y 18 crecieron a un ritmo
agregado de más del 5 por ciento anual, nivel necesario para reducir
la pobreza (Madavo y Sarbib 1998). Según se especula, esto puede
ser la señal de una recuperación económica sostenida
que en parte refleja los resultados positivos de la implementación
de las reformas macroeconómicas y estructurales orientadas al crecimiento
(Madavo 2000, Madavo y Sarbib 1998). Desde mediados de los años
noventa, se cancelaron en su mayoría los controles de precios,
se eliminaron los consejos de comercialización, se racionalizaron
los impuestos al comercio, se liberaron los mercados financieros y se
aceleraron los procesos de privatizaciones (ADB 2000).
La deuda externa sigue siendo una barrera importante para el crecimiento
económico y para la reducción de la pobreza en África.
Su crecimiento en el conjunto de la región fue de casi 22 veces,
al pasar de 16.960 millones de dólares en 1971 a 370.727 millones
de dólares en 1999 (World Bank 2001a). En 1970, la deuda externa
de África subsahariana era de solamente 6.000 millones de dólares,
lo que representaba el 11 por ciento del PIB; ésta aumentó
a 330.000 millones de dólares, significando el 61 por ciento del
PIB para 1999 (ADB 2000). Desde entonces ha habido una pequeña
disminución (World Bank 2001b). En África del Norte, el
crecimiento de la deuda externa ha seguido una trayectoria similar. Recientemente,
se le ha dado más énfasis al alivio de la deuda y al aumento
de la inversión extranjera directa (IED). A pesar de que se han
aprobado programas de alivio de la deuda para 20 países africanos
en el marco de la Iniciativa para los países pobres muy endeudados
(PPME) (IMF 2001), la deuda sigue siendo un tema de gran preocupación.
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