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La degradación de tierras conduce a una disminución significativa de
su capacidad productiva. Las actividades humanas que contribuyen a esa
degradación incluyen la utilización inapropiada de tierras agrícolas,
prácticas deficientes en la ordenación de suelos y agua, deforestación,
remoción de la vegetación natural, uso frecuente de maquinaria pesada,
pastoreo excesivo, rotación incorrecta de cultivos y prácticas deficientes
de riego. Los desastres naturales, tales como sequías, inundaciones y
deslizamientos de tierras, hacen su aporte también. A principios del decenio
de los noventa, se emprendió una Evaluación Mundial de Degradación de
los Suelos (GLASOD, según su sigla en inglés) (Oldeman, Hakkeling y Sombroek
1990, UNEP 1992) y, en 2000, el FMAM y el PNUMA comenzaron una evaluación
de la degradación de las tierras (LADA) en tierras secas y que actualmente
se está desarrollando con la FAO.
| Alcance y causas de la degradación
de tierras |
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| Alcance de la degradación |
Causa |
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| 580 millones de ha |
Deforestación: se han degradado vastas reservas de bosques
a causa de la tala y el desmonte a gran escala para uso agrícola y
urbano. Se destruyeron más de 220 millones de hectáreas de bosques
tropicales entre 1975 y 1990, principalmente para la producción alimentaria.
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| 680 millones de ha |
Pastoreo excesivo: se ha perjudicado cerca del 20 por ciento
de las pasturas y pastizales del planeta. Las pérdidas recientes han
sido más graves en África y Asia. |
| 137 millones de ha |
Consumo de leña: se obtienen alrededor de 1.730 millones
de m3 de leña de bosques y plantaciones por año. La leña
representa la principal fuente de energía en muchas regiones en desarrollo.
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| 550 millones de ha |
Gestión agrícola deficiente: la erosión hídrica causa pérdidas
de suelos que se calculan en 25.000 millones de toneladas por año.
La salinización y sobresaturación del suelo afectan a cerca de 40
millones de hectáreas en el mundo. |
| 19,5 millones de ha |
Industria y urbanización: el crecimiento urbano, la construcción
de caminos, la minería y la industria son factores importantes en
la degradación de tierras en diferentes regiones. A menudo, se pierden
terrenos valiosos para la agricultura. |
| Fuente: FAO 1996. |
Se calcula que el 23 por ciento del total de tierras aprovechables (con
excepción de las montañas y desiertos, por ejemplo) quedó
afectado por la degradación en un grado suficiente como para disminuir
sus productividad (UNEP 1992, Oldeman, Hakkeling y Sombroek 1990). A principios
del decenio de los noventa, cerca de 910 millones de hectáreas
de tierra estaban clasificadas como «moderadamente degradadas»,
con una productividad agrícola enormemente reducida (véanse
las ilustraciones). Un total de 305 millones de hectáreas de suelo
oscilaban entre «intensamente degradadas» (296 millones de
hectáreas) y «extremadamente degradadas» (9 millones
de hectáreas, de las cuales más de 5 millones estaban en
África). Los suelos «extremadamente degradados» ya
no tienen posibilidades de recuperación (Oldeman, Hakkeling y Sombroek
1990).
A pesar de esas estadísticas tan convincentes sobre la degradación
de tierras, algunos estudios están comenzando a cuestionar esos
datos arguyendo que los cálculos sobre la degradación son
exagerados. Una de las razones principales indicada para la sobreestimación
de la degradación de tierras fue la subestimación de las
capacidades de los agricultores locales (Mazzucato y Niemeijer 2001).
Esos autores alegan que es necesario que los expertos sepan discernir
cuidadosamente entre una mala condición natural, una mala condición
temporal y una condición degradada de la tierra.
La erosión del suelo es un factor fundamental en
la degradación de tierras y tiene graves repercusiones en las funciones
del suelo, tales como la capacidad del mismo para amortiguar y filtrar
los contaminantes, el papel que cumple en los ciclos del agua y el nitrógeno,
y su aptitud para suministrar hábitat y sustentar la diversidad biológica.
Alrededor de 2.000 millones de hectáreas de suelo, equivalentes al 15
por ciento de la superficie de tierra del planeta (una superficie más
extensa que Estados Unidos y México juntos), se han degradado por causa
de las actividades humanas. Los principales tipos de degradación del suelo
son la erosión hídrica (56 por ciento), la erosión eólica (28 por ciento),
la degradación química (12 por ciento) y la degradación física (4 por
ciento). Entre las causas de la degradación del suelo se cuentan el pastoreo
excesivo (35 por ciento), la deforestación (30 por ciento), las actividades
agrícolas (27 por ciento), la sobreexplotación de la vegetación (7 por
ciento) y las actividades industriales (1 por ciento) (GACGC 1994).
Los enfoques con respecto a la degradación del suelo se modificaron
en gran medida a partir del decenio de los setenta. La labor solía
centrarse en la protección mecánica, como la construcción
de muros de contención y terrazas, en gran parte para controlar
las escorrentías superficiales. Esto se complementó con
un nuevo enfoque (Shaxson y otros 1989, Sanders y otros 1999) que exige
se preste mayor atención a los métodos biológicos
de conservación y a la integración de la conservación
del agua con la protección de los suelos, a través de una
gestión mejorada de las relaciones entre el suelo, la vegetación
y el agua, con inclusión de una reducida alteración por
medio de tareas de labranza (University of Bern y otros 2000). Dentro
del sistema de investigación agrícola internacional, el
Grupo Consultivo sobre Investigación Agrícola Internacional,
existe ahora un compromiso hacia la gestión de recursos naturales
y se reconoce explícitamente que las tierras degradadas y la desertización
son problemas ambientales (Shah y Strong 1999).
A pesar de esos adelantos, no existe una indicación clara de que
el índice de la degradación de tierras haya disminuido.
No existen todavía indicadores continuamente controlados de la
condición de los suelos que permitan realizar evaluaciones cuantitativas
de los cambios que se producen con el transcurso del tiempo, comparables
al control de la deforestación.
Se propuso que la vigilancia del suelo debería convertirse en
una tarea básica de las organizaciones nacionales de estudios geotécnicos
(Young 1991) pero esa propuesta aún no se ha adoptado ampliamente.
Se estableció un programa internacional para desarrollar una serie
de indicadores de la calidad de las tierras (Pieri y otros 1995), equiparables
a aquellos utilizados para controlar las condiciones económicas
y sociales. El programa sigue actuando en una escala moderada bajo el
Sistema Global de Observación Terrestre.
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