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La expansión agrícola intensificó el uso de los recursos
naturales y agravó muchos de los procesos de degradación de tierras. Durante
los últimos tres decenios, aumentaron la tierra cultivable y los pastizales
a costa de los bosques. Durante el periodo de 1972 a 1999, la superficie
de tierras cultivables permanentes y de tierras de cultivo se expandió
en América del Sur en 30,2 millones de hectáreas o en un 35,1 por ciento,
en Mesoamérica en 6,3 millones de hectáreas o en 21,3 por ciento y en
el Caribe en 1,8 millones de hectáreas o en 32 por ciento (FAOSTAT 2001).
La superficie de regadío (véase el gráfico) aumentó también en el mismo
periodo y trajo como consecuencia una mayor producción agrícola en toda
la región. La expansión de tierras cultivables permanentes en suelos anteriormente
cubiertos por bosques sigue siendo la principal causa de deforestación
en el Amazonas brasileño (Nepstad y otros 1999). La producción de frijoles
de soya, principalmente para exportar, fue el mayor impulsor para expandir
el límite agrícola en el norte de Argentina, el este de Paraguay y la
parte central de Brasil (Klink, Macedo y Mueller 1994).
La expansión de la producción pecuaria impulsó considerablemente también
la conversión de tierras en la región. El proceso no hubiera tenido éxito
de no haber sido por el firme apoyo de los gobiernos mediante el otorgamiento
de incentivos fiscales (el «Amazonas Legal» en Brasil), la construcción
de caminos y la disponibilidad de mano de obra calificada y barata. Por
ejemplo, las empresas ganaderas en Bolivia arrendaban tierras a los campesinos
a fin de que pudieran desmontarlas para el cultivo y luego las devolvieran
ya despejadas cuando sus contratos de arrendamiento se vencieran (Giglo
2000). La erosión, la pérdida de nutrientes, la contaminación química,
la salinización y los efectos de los fenómenos meteorológicos y geológicos
son importantes agentes que contribuyen a los diferentes procesos de degradación
de tierras.
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