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La erosión es la causa principal de la degradación
de tierras en América Latina ya que afecta al 14,3 por ciento del territorio
de América del Sur y al 26 por ciento de América Central (Oldeman 1994).
El agotamiento de nutrientes es también una cuestión grave, impulsada
en gran medida por la intensificación de la explotación agrícola. En América
del Sur, el agotamiento de sustancias nutritivas en el suelo perjudicó
a 68,2 millones de hectáreas en 1980 (Scherr y Yadav 1997). Ese agotamiento
exacerbó la pobreza que, a su vez, contribuyó a una mayor degradación
del medio ambiente y deterioro de la tierra.
La contaminación química del suelo es cada vez más
significativa debido a la intensificación de la agricultura y al
empleo de plaguicidas durante los últimos 30 años. La tecnología
agrícola aumentó la producción en toda la región,
pero con un alto costo para el medio ambiente. Las repercusiones de la
contaminación agroquímica en el suelo y el agua y, como
consecuencia, en la salud humana son un tema de gran preocupación.
La nitrificación del suelo y el agua está relacionada con
el uso de fertilizantes químicos que aumentó de 3,7 a 10,9
millones de toneladas durante el periodo de 1972 a 1997 (FAOSTAT 2001).
La salinización es una forma particularmente significativa de
degradación del suelo porque es difícil de tratar y puede
conducir a la desertificación. La salinización causada por
el riego afecta a 18,4 millones de hectáreas en la región,
especialmente en Argentina, Brasil, Chile, México y Perú
(AQUASTAT 1997).
Los problemas de degradación de tierras se debatieron en foros regionales
e internacionales durante varios decenios. Después de la Conferencia de
las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo de 1992, la
labor vinculada con nuevas convenciones y acuerdos comenzó a buscar soluciones
regionales y subregionales. Por ejemplo, la secretaría de la Convención
de las Naciones Unidas para la Lucha contra la Desertificación, junto
con el PNUMA y el gobierno de México, establecieron una Unidad de Coordinación
Regional para América Latina y el Caribe con el objeto de coordinar el
trabajo de los puntos focales nacionales al preparar los programas de
acción nacionales. Esas acciones alentaron a varios países a establecer
programas similares y condujeron a la creación de sistemas de vigilancia
(UNEP/ROLAC 1999, Universidad de Buenos Aires 1999). El Pacto Amazónico,
la Comisión de Desarrollo Sostenible, el Sistema de la Integración Centroamericana
y el Pacto Andino son ejemplos de mecanismos subregionales que han allanado
el terreno para alcanzar acuerdos y han promovido sistemas de vigilancia
y control para prevenir la degradación de la tierra.
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