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En el pasado se consideraba que un bosque gozaba
de buena salud si estaba libre de enfermedades y crecía vigorosamente
(NRC 1999). En los últimos veinte años, sin embargo, la
sostenibilidad a largo plazo del ecosistema forestal ha pasado a ser la
medida principal de la salud de un bosque (UNECE y FAO 2000). Se considera
que un bosque es saludable cuando mantiene diversidad biológica,
es capaz de recuperarse, provee hábitat a la flora y fauna silvestres,
presta servicios ecológicos, conserva su atractivo estético
y mantiene una provisión sostenible de recursos madereros y no
madereros (NRC 1999). En muchas zonas los bosques sufren cada día
mayor fragmentación, empobrecimiento biológico y debilitamiento
o estrés (Bryant, Nielsen y Tangley 1997).
La intervención humana y la demanda de madera y papel son los
principales motores de la modificación de los bosques. Las prácticas
inapropiadas de explotación forestal, la introducción de
especies exóticas y la supresión de perturbaciones naturales
han creado grandes zonas forestales con una distribución de árboles
y una estructura de edad no naturales que las hacen más vulnerables
a las sequías, vientos, insectos, enfermedades e incendios (USDA
1997).
Se admite cada vez más que la contaminación atmosférica
es uno de los factores que contribuyen a la degradación forestal
(Bright 1999). Dicha contaminación ha tenido un papel importante
en la extinción de los bosques de piceas y abetos en los Apalaches
meridionales, región que ha sido objeto de preocupación
para el Servicio Forestal de los Estados Unidos (USDA 1997, Matoon 1998).
Aunque los reglamentos sobre contaminación han logrado reducir
la lluvia ácida en el nordeste, hay pruebas de que el crecimiento
reducido de algunas especies de árboles está relacionado
con los efectos a largo plazo de las precipitaciones ácidas (Driscoll
y otros 2001).
Un problema de creciente preocupación relacionado con el mantenimiento
de la salud forestal es el de los posibles efectos de los cambios climáticos
y de las relaciones entre cambios climáticos y otras influencias
perjudiciales para los bosques (NRC 1999). Es poco probable que los bosques
de América del Norte, en particular los ecosistemas de frondosas
que parecen tener una gran capacidad de absorción del carbono,
puedan mantener dichas calidades de absorción en estado de poca
salud (Bright 1999). A medida en que las prácticas de gestión
forestal ponen más énfasis en valores no madereros, que
se aumentan las tierras forestadas protegidas de la explotación,
y que se plantean cuestiones sobre el debilitamiento de la capacidad de
absorber carbono de los bosques, se hace también más importante
que América del Norte reduzca tanto el consumo de productos madereros
como el de combustibles fósiles.
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