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Entre el extremo norte del bosque boreal, donde los árboles se
regeneran activamente, y la tundra desprovista de árboles hay una
zona de transición dinámica conocida como «bosque-tundra».
La extensión de esta zona puede variar desde unos pocos kilómetros
en América del Norte hasta más de 200 kilómetros
en Europa (Stonehouse 1989). Está naturalmente fragmentada y se
compone de parcelas cuya cubierta forestal es relativamente densa, interrumpidas
por zonas de líquenes y brezos, así como en zonas escasamente
arboladas. Esta zona de transición alberga más especies
que el sistema boreal y que el sistema de la tundra, pues contiene especies
de ambos (CAFF 2001). Los árboles del bosque-tundra a menudo están
poco desarrollados, y su regeneración es lenta. Esto ha hecho que,
tradicionalmente, sea poco práctica la explotación comercial
de la madera, aunque el ecosistema ha brindado durante siglos leña
y madera de construcción a los pueblos indígenas (CAFF 2001).
El aumento de la demanda mundial de recursos podría hacer, sin
embargo, que el bosque-tundra se transforme en una gran fuente de productos
básicos. De hecho las actividades de explotación forestal
en Fennoscandia y el noroeste de Rusia se extendieron hasta muy cerca
del bosque-tundra en los decenios de los años sesenta y noventa
(CAFF 2001).
En invierno el bosque-tundra es un hábitat importante para el
caribú de América del Norte y para el reno de Europa, sirviendo
de apoyo a su vez a las actividades de cría de renos de los pueblos
indígenas como los saami de Escandinavia. La zona alberga también
las actividades de cría de ovejas, pesca y recolección de
productos no madereros. Las funciones físicas más importantes
del bosque-tundra son: estabilizar y proteger los nutrientes y suelos
frágiles, prevenir la erosión, conservar los recursos hídricos
y la capacidad de las cuencas, filtrar los contaminantes, servir como
indicador de los cambios climáticos y, en conjunto con el bosque
boreal propiamente dicho, ser depósito de carbono (véase
el recuadro).
| Bosques del ártico y cambios climáticos |
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Cualquier cambio importante en la zona de bosques boreales podría
tener efectos considerables sobre el nivel de CO2 en la atmósfera.
Los bosques boreales contienen el 26 por ciento de las reservas
totales de carbono, más que cualquier otro ecosistema terrestre
del planeta: 323 gigatoneladas en la Federación de Rusia,
223 gigatoneladas en Canadá y 13 gigatoneladas en Alaska
(Gt.: 109 toneladas) (Dixon y otros 1994).
A la inversa, se calcula que los cambios climáticos producirán
en los bosques boreales aumentos de temperatura mayores que en cualquier
otro tipo de bosque. El calentamiento, que será mayor en
invierno que en verano, según se estima, desplazará
hacia el norte las zonas climáticas a un ritmo de hasta 5
kilómetros por año. Los bosques boreales avanzarán
hacia el norte; en sus zonas meridionales, por el contrario, desaparecerán
o serán reemplazados por especies templadas. Durante el verano
los suelos serán más secos, y los incendios y sequías
más frecuentes. La pérdidas que sufrirán las
especies locales pueden llegar a ser importantes, aunque se estima
que pocas especies de árboles se extinguirán (UNEP-WCMC
2002).
Los modelos utilizados para pronosticar los cambios a largo plazo
en la distribución de la vegetación no han mostrado
de manera concluyente si el área total de bosques boreales
aumentará o disminuirá. Sin embargo, uno de los modelos
más completos de los cambios climáticos predice que,
para 2100, la expansión del bosque boreal hacia el norte
reducirá en aproximadamente el 50 por ciento el área
de la tundra (White, Cannell y Friend 2000).
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