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Desde hace tiempo se reconoce que la introducción
de especies foráneas constituye una amenaza para las especies autóctonas,
particularmente para las especies endémicas de un solo país
o de islas pequeñas. Por ejemplo, las plantas autóctonas
compiten en las principales islas de Nueva Zelandia con una variedad de
plantas introducidas y se han visto afectadas considerablemente por la
introducción de mamíferos terrestres, uno de los cuales,
el possum cola peluda de Australia, es una amenaza seria. Se ha gastado
anualmente decenas de millones de dólares neozelandeses en los
años 1990 para controlar el possum, reducir la pérdida de
hábitat y controlar la tuberculosis bovina que puede transmitirse
del possum al ganado doméstico (MFE 1997). Las aves, los reptiles
y los anfibios de Nueva Zelandia están también bajo la presión
de depredadores introducidos, tales como los armiños, ratas y gatos,
pero actualmente se pone mucho énfasis en programas de control
de especies invasoras en pequeñas islas, donde es posible el control
a largo plazo. El petirrojo Petroica traversi estaba antes muy
difundido en las islas Chatham, pero su presencia se redujo mucho a fines
del siglo XIX. Ya en los años 1970 la especie estaba restringida
a la isla Little Mangere, donde la parcela de bosque que quedaba estaba
siendo destruida por plantas invasoras. Un programa de conservación
ha dado por resultado que actualmente la población ascienda a cerca
de 200 pájaros, todos descendientes de la misma pareja (MFE 1997).
La serpiente marrón de árbol Boiga irregularis se
difundió ampliamente en Guam, a partir de los años 1950,
luego de haber sido introducida accidentalmente por un avión militar.
Ha tenido un efecto grave sobre la fauna autóctona de aves, una
de cuyas especies se considera extinta, otra se ha extinguido en la naturaleza
y finalmente otra ha sido clasificada como en peligro crítico.
Los moluscos de Moorea (Islas Sociedad, Polinesia Francesa) son otro ejemplo
sorprendente de los efectos potenciales de las especies introducidas.
Un caracol carnívoro de Florida, Euglandina rosea, fue introducido
para controlar la población del caracol de tierra gigante africano
Achatina fulica, que se había convertido en una plaga para
la agricultura luego de haber sido a su vez introducido en la isla. El
carnívoro que se introdujo se alimentó principalmente de
los caracoles endémicos autóctonos del género Partula,
cuyas siete especies se extinguieron en la naturaleza, aunque sobreviven
en cautiverio (Wells 1995).
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