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Reflexiones

Achim Steiner
Secretario General Adjunto de las Naciones Unidas y Director Ejecutivo del PNUMA

Doce meses después de la reunión de alto nivel de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático celebrada en Copenhague, los gobiernos se reúnen nuevamente en Cancún (México) para evaluar e impulsar una respuesta al urgente problema del cambio climático.

Aunque algunos han tratado de bajar las expectativas, tal vez sea el momento de elevarlas. Este año hemos padecido más fenómenos meteorológicos extremos que los habituales, desde las trágicas inundaciones en el Pakistán a las temperaturas elevadas, el smog y los incendios de turberas sin precedentes en la Federación de Rusia, según la evaluación más reciente del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático. Lo cierto es que aparentemente 2010, junto con 2008, será el año más caluroso desde que comenzaron a llevarse registros.

Así pues, siguen acumulándose los datos científicos. ¿Pero cuál ha sido la respuesta internacional? ¿Qué nos encaminará a limitar las emisiones de gases de efecto invernadero a un promedio de 44 gigatoneladas (Gt) equivalentes en CO2 en 2020, el nivel necesario para que haya una probabilidad razonable del 66% de mantener el aumento de la temperatura mundial en menos de 2°C en 2050?

Deben cumplirse los compromisos asumidos y las medidas propuestas por los países desarrollados y los países en desarrollo en Copenhague y después de esa reunión. Deben aportarse los fondos prometidos para poner en marcha iniciativas aceleradas y mantenerlas en el tiempo. Deben llevarse a la práctica los mecanismos necesarios, incluido los destinados a reducir las emisiones derivadas de la deforestación y la degradación de los bosques.

El PNUMA, en asociación con las principales entidades de elaboración de modelos sobre el clima, ha publicado una evaluación de dónde estamos y a dónde necesitamos llegar. Una de sus conclusiones es que si todas las promesas realizadas en Copenhague se cumplen, la reunión no habrá sido un fracaso. Lo cierto es que los objetivos relacionados con el Acuerdo de Copenhague podrían reducir 7 Gt equivalentes en CO2 de emisiones de gases de efecto invernadero, una cantidad para nada insignificante, con lo que quedaría una brecha de 5 Gt en 2020.

Hay importantes oportunidades de zanjar esa brecha acelerando la respuesta al cambio climático y abordando muchos otros desafíos ambientales. Durante el último año se han aclarado varios aspectos científicos relativos a los contaminantes distintos del CO2, como el carbono negro, el metano de fuentes como las superficies de los vertederos, el ozono de la baja atmósfera y los compuestos de nitrógeno provenientes de los vehículos y la agricultura, así como la forma en que algunos de estos se combinan agravando su potencial de calentamiento atmosférico.

Se estima que este conjunto de contaminantes podría ser responsable de hasta el 50% del cambio climático y, en razón de que tienen vida corta en la atmósfera, la adopción rápida de medidas podría traer aparejadas reducciones del cambio climático en días, meses o unos pocos años. Independientemente de la importancia que esto tiene, no excluye la necesidad de una reducción enérgica de los gases de larga vida, como el CO2, sino que esta debería ser una medida complementaria.

Además, la reducción de estos contaminantes de vida corta tiene otros beneficios, ya que también tienen una amplia gama de otros efectos. El carbono negro, por ejemplo, es un componente fundamental de la contaminación del aire interior y exterior, que se estima causa la muerte de por lo menos 1,6 millones de personas por año y perjudica la productividad agrícola. Otros son nocivos para la salud y los cultivos y contribuyen a la creación de zonas muertas en el mar. Deben limitarse de todos modos, aun si el cambio climático no existiera. Y muchos, tal vez todos, pueden abordarse por medio de acuerdos nacionales o regionales de salud o contaminación del aire, o por medio de asociaciones innovadoras como la Alianza mundial en pro del uso de cocinas no contaminantes.

No obstantes, las oportunidades de actuar están desapareciendo rápidamente. La siguiente reunión de las partes en la Convención que se celebrará en Sudáfrica en 2012 podría brindar la oportunidad de acordar un nuevo tratado para el siglo XXI. Sin embargo, la reunión de Cancún también debería dejar su huella, contribuyendo a la transición hacia una economía verde de bajo consumo de carbono, eficiente en función de la energía e impulsada por tecnologías no contaminantes. Puede y debe ser el momento en que las medidas de financiación, mitigación y adaptación maduren, tal vez complementadas con medidas sobre otros gases de efecto invernadero. Pero más que nada, debe demostrar a las empresas y el público por igual que los gobiernos mantienen su interés y compromiso en la lucha contra el cambio climático, al tiempo que aprovechan la oportunidad para alcanzar sus objetivos de desarrollo y ambientales más amplios.

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