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Aprovechemos el crecimiento verde 

Oliver Letwin
Ministro de Política Gubernamental del Reino Unido.

La Cumbre de la Tierra de Río, de 1992, marcó un paso trascendental en la cooperación internacional en temas sociales y ambientales. Veinte años después, la economía mundial, el medio ambiente mundial y las poblaciones más pobres del mundo están cada vez más presionados. No podría haber un mejor momento para que el mundo se mantenga firme en su compromiso con el desarrollo sostenible. Las negociaciones sobre el clima que tendrán lugar en Durban este invierno boreal y la Conferencia de Río+20, veinte años después de la cumbre, el próximo verano boreal, nos dan la posibilidad de hacerlo. 

En una época de inestabilidad económica a corto plazo, en que a las economías de los países desarrollados no les resulta nada fácil volver a crecer, las economías emergentes siguen experimentando un rápido crecimiento y las economías de los países en desarrollo están tratando desesperadamente de erradicar la pobreza, la economía mundial se enfrenta también a una constante amenaza a largo plazo provocada por los efectos del cambio climático y el uso insostenible de los recursos naturales. A menos que se adopten medidas firmes para contrarrestar estas dos amenazas a largo plazo, tal vez salgamos de esta inestabilidad económica pero nos encontremos ante otra, y en última instancia incluso más grave, serie de problemas. Por esa razón Durban y Río+20 deben dar, de manera concertada, el ímpetu para el logro de un desarrollo más sostenible, con bajas emisiones de carbono, eficiente en el uso de los recursos y con capacidad de recuperación frente al cambio climático. 

El entorno natural puede y debe desempeñar un papel importante en este impulso al crecimiento verde. Como lo ha dicho la OCDE: “el crecimiento verde consiste en, por un lado, fomentar el crecimiento económico y el desarrollo y, por otro y al mismo tiempo, garantizar que los recursos naturales siguen proporcionando los servicios de los ecosistemas de los que depende nuestro bienestar”. El capital natural contribuye directa e indirectamente a la actividad económica -a través del uso de la madera, el agua y los metales, y en la regulación del clima y el filtrado de la contaminación. Pero el 60% de los ecosistemas mundiales están llegando al límite de su capacidad o se están utilizando de forma insostenible. A largo plazo, esta situación obstaculizará el crecimiento e impondrá mayores costos a los consumidores. Se estima que la pérdida de capital natural derivada de la deforestación y la degradación asciende a entre 2 billones y 4,5 billones de dólares por año y que, por la manera en que se gestionan las poblaciones de peces, en la pesca a nivel mundial se pierden ganancias por 50 mil millones de dólares por año. 

Los que resultarán más afectados por esta pérdida de capital natural serán, sin lugar a dudas, las personas más pobres del mundo. Son los que más directamente dependen de los recursos de los ecosistemas. Y son los más afectados por el cambio climático y los que menos capacidad tienen para paliar sus consecuencias. Es de vital importancia que, en cualquier debate que tenga lugar a nivel mundial, no sean las voces más fuertes las únicas que se oigan. 

Por lo tanto, tenemos que impulsar un crecimiento que satisfaga tres requisitos: fomente el repunte de la economía global; no agote el capital natural del que depende en última instancia la economía; y ayude a los más pobres a acceder a la prosperidad mundial. 

Hay quienes creen que estos tres objetivos se contraponen entre sí y que para lograr un crecimiento verde es necesario realizar enormes sacrificios a corto plazo. Esto simplemente, no es cierto. Uno de los objetivos de lograr un consenso internacional es infundir en todos los países la confianza necesaria para realizar las inversiones que hacen falta para emprender el camino del crecimiento verde a sabiendas de que todos los demás se han comprometido a hacer lo mismo y a incurrir en los mismos costos de corto plazo y evitar, así, precipitarse al vacío. Pero los que no creen en Durban y en Río+20 también se están perdiendo las enormes ventajas a corto plazo que puede traer consigo el trayecto hacia un crecimiento ecológico. Debemos considerar este camino no como una amenaza a corto plazo sino como una oportunidad a corto plazo.

El mundo se encuentra sumido en una crisis financiera y en este momento tenemos que concentrarnos en la manera en que el crecimiento ecológico puede contribuir a la recuperación. La inversión en eficiencia energética, en energías renovables y en la captura y el almacenamiento de carbono contribuyen al crecimiento del empleo, a posibilidades de exportación y a la competitividad económica. Se trata de tres sectores que se están expandiendo más rápido, en promedio, que la economía mundial. Según proyecciones, el sector de bienes y servicios mundiales relacionados con las bajas emisiones de carbono crecerá de 3,2 billones de libras esterlinas en 2009/2010 , en un 3,8% anual durante los próximos cinco años. 

Sin ir más lejos, el Pacto Verde del Reino Unido gracias al cual los hogares y empresas pueden adoptar tecnologías más eficientes desde el punto de vista energético sin una inversión inicial tiene el potencial de ayudar a generar más de 50.000 empleos en la industria ecológica en un lapso de cinco años. En este momento todos estamos pensando en la necesidad de crecer y crear empleos y estos son progresos enormes, que a menudo se subestiman.

Exactamente del mismo modo, insistiendo tanto a nivel internacional como nacional en la reconstrucción del capital natural, podemos fomentar nuevas tecnologías, nuevas inversiones y un nuevo crecimiento, no sólo a largo plazo sino también en los próximos años. La inversión destinada a reducir la pérdida forestal, producir más alimentos en menores superficies y encontrar nuevos usos sostenibles de la madera puede generar un crecimiento económico más dinámico que la deforestación irracional. Se pueden movilizar nuevas e interesantes formas de financiación internacional para reconstruir ecosistemas dañados. Y, al mismo tiempo que reparamos esos ecosistemas, podemos redistribuir los recursos que actualmente se consumen en los esfuerzos para salvar a las personas más pobres del mundo del hambre y las enfermedades que son el producto de la destrucción del capital natural. 

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