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Los costos de la dilación 

Hal Harvey
Funcionario ejecutivo principal de ClimateWorks Foundation

Sonia Aggarwal
Ex gestora de investigaciones mundiales y proyectos especiales de ClimateWorks Foundation

La física alberga un aterrador desenlace para el relato del cambio climático: aun cuando las consecuencias del calentamiento mundial persistan por un período muy largo, el tiempo disponible para evitarlas es muy corto. En consecuencia, una dilación —incluso de un decenio— en la reducción de las emisiones de CO2 hará que los cambios en gran escala e irreversibles no tengan marcha atrás. También aumenta el riesgo de que la totalidad del sistema climático se torne incontrolable.

Este mensaje puede resultar alarmante, pero no se trata de alarmismo. Se trata de física. Y la física del clima de nuestro planeta tiene graves consecuencias para la acción política y la innovación tecnológica en el próximo decenio. 

El relato consta de cinco partes:

1. Estabilizar el CO2 a cualquier concentración requiere un nivel muy bajo de emisiones
Durante cientos de miles de años antes de la era industrial, procesos naturales como el crecimiento vegetal, la respiración animal y la erosión del suelo mantenían equilibradas las concentraciones de CO2 en la atmósfera. Pero durante los últimos 50 años la combustión ha incorporado un volumen de carbono equivalente al que había sido absorbido durante millones de años, lo cual ha alterado el equilibrio natural. Actualmente las concentraciones de CO2 en la atmósfera casi duplican su nivel preindustrial.

Tras su emisión, el CO2 permanece en la atmósfera durante siglos, o incluso milenios. En consecuencia, cada tonelada que se incorpora tiene un efecto acumulativo, y el resultante aumento de la concentración persistirá en la atmósfera durante miles de años —incluso si las emisiones se redujesen mañana. Por lo tanto, a fin de cuentas, estabilizar las concentraciones de CO2 a cualquier nivel requiere un nivel muy bajo de emisiones. 

2. Los “sumideros” de carbono están desapareciendo
Hasta hace poco, los “sumideros” naturales, principalmente los océanos y las plantas, absorbían gran parte del dióxido de carbono vertido en la atmósfera. Aproximadamente una cuarta parte del CO2 que se libera cada año es absorbido por los océanos (lo cual los acidifica), y más o menos otra cuarta parte es absorbida por las plantas. Estas válvulas de seguridad naturales han enmascarado casi la mitad de la repercusión de nuestras emisiones. Pero a medida que el mundo emite más CO2, esos sumideros se van saturando. Aunque los océanos siguen absorbiendo el mayor volumen de CO2, su eficiencia como sumideros va disminuyendo, ya que sólo pueden absorber un porcentaje cada vez menor de las emisiones. Ello significa que incluso si las emisiones permanecieran constantes, el índice de aumento de las concentraciones de CO2 en la atmósfera pronto daría un salto, por cuanto esta indulgencia física desaparecería. Entonces nos veríamos en un gran apuro.

3. Muchas consecuencias del cambio climático son irreversibles
Debido a los desfases temporales inherentes a los sistemas físicos de la Tierra, los cambios climáticos causados por las emisiones de CO2 persistirán —e incluso aumentarán— durante siglos, aunque se pusiera fin a las emisiones. Ya estamos siendo testigos de algunos efectos del aumento de los niveles de los gases de efecto invernadero, pero aún nos queda por presenciar la repercusión plena de la actual acumulación en la atmósfera. Ello se debe a que la temperatura de la superficie terrestre no reacciona instantáneamente al aumento de los niveles del dióxido de carbono, en gran medida debido a la tremenda capacidad de absorción térmica de los océanos.

Los cambios pueden tener graves consecuencias: alterar permanentemente los ecosistemas, causar extinciones, y disminuir apreciablemente las cosechas. Las proyecciones sugieren que perderemos entre un 18% y un 35% de todas las especies debido a extinciones ocasionadas por el clima. Otros cambios sistémicos —que van desde la circulación oceánica hasta la fusión de los hielos— son irreversibles durante miles de años, cuando menos. 

4. El sistema se puede volver incontrolable
.Las reacciones de la Tierra al cambio en las concentraciones de CO2 —alteración de las pautas meteorológicas mundiales, de la temperatura y la acidez de los océanos, y de los ecosistemas, por sólo mencionar algunas— no son lineales. Pueden aumentar vertiginosamente, lo cual eliminaría nuestra capacidad para influir en los resultados.

Por ejemplo, a medida que el aumento de la temperatura derrite los hielos marinos y reduce la cubierta de nieve en el Ártico, las superficies más oscuras del océano y la tierra que han quedado recién expuestas absorben más calor del sol que el hielo y la nieve de color más claro que las cubría anteriormente. Esto acelera el calentamiento, y reduce aún más la cubierta de nieve. Y el deshielo del permafrost en el Océano Ártico comienza a dejar escapar a la atmósfera grandes cantidades de metano, un poderoso gas de efecto invernadero. La liberación de incluso una fracción del metano almacenado en el fondo oceánico podría desencadenar un abrupto calentamiento climático —y no existe manera práctica alguna decontenerlo. Si queremos disminuir el riesgo que plantean esos ciclos de retroacción descontrolados, tenemos que disminuir rápidamente las emisiones de gases de efecto invernadero. 

5. Actuar ahora ahorra dinero
La mayoría de los bienes que consumen energía —como los edificios, los vehículos, las fábricas y las centrales eléctricas— tiene una vida útil prolongada que vuelve casi imposible modificar las modalidades en el uso de la energía durante decenios. La manera más barata de reducir las emisiones de CO2 es asegurar que los nuevos bienes de capital sean muy eficientes y se alimenten de fuentes con niveles bajos de emisiones de carbono. Resultaría enormemente costoso si el mundo perdiera esta oportunidad, construyese una infraestructura ineficiente y después tuviese que renovarla. Transformar la infraestructura al mismo ritmo que la renovación de fondos de capital natural resulta barato; forzar esa renovación resulta muy caro.

Ahora, y no después, las naciones deben establecer políticas de eficiencia energética —como son las normas de aprovechamiento de los combustibles y los códigos de construcción. Y los gobiernos deben invertir abundantemente ahora en la investigación y el desarrollo para hacer que disminuya el costo de las tecnologías menos contaminantes y convertir nuestros suministros energéticos en fuentes con emisiones de carbono casi nulas. Si nos demoramos, el costo de reducir suficientemente las emisiones conmocionará a la economía mundial. 

Habida cuenta de la persistencia del dióxido de carbono en la atmósfera, resulta útil concebir las emisiones a modo de un presupuesto de CO2, o un volumen máximo de emisiones acumulativas que posibilitará estabilizar las concentraciones en la atmósfera. 

Si el mundo desea limitar el índice promedio de calentamiento mundial a 2°C —umbral que la mayoría de los científicos que se ocupan del clima describen como punto crítico peligroso— será preciso que estabilice el CO2 en la atmósfera a alrededor de 450 partes por millón (ppm). Esto corresponde a un presupuesto total de CO2 de aproximadamente 1.000 gigatoneladas, o 3 mil millones de toneladas métricas para el período de 2000 a 2050. No obstante, solamente en los primeros cinco años de este siglo, el mundo ha consumido casi el 20% de ese presupuesto de dióxido de carbono para 50 años. A las tasas actuales, la totalidad del presupuesto se agotará en menos de dos decenios. 

Abordar el cambio climático es como hacer girar un transatlántico: cambiar de rumbo toma tiempo, y por mucho que se trate de maniobrar con el timón, si se hace demasiado tarde, no se logrará el objetivo. Si el mundo no comienza a reducir las emisiones ahora, no alcanzará ninguna meta importante en relación con la concentración de CO2. 

Mientras mayor sea la dilación, más drásticas tendrán que ser las disminuciones —y los costos conexos. Si postergamos la adopción de medidas incluso por un decenio, es probable que las concentraciones de CO2 sobrepasen vertiginosamente las 450 ppm y desencadenen respuestas ecológicas y geofísicas peligrosas e incontenibles. Si en lugar de ello hacemos frente al desafío, aprobamos políticas energéticas firmes e invertimos enérgicamente en la investigación y el desarrollo de energía limpia, tendremos alguna posibilidad de contener las concentraciones de CO2 a 450 ppm —e impedir una catástrofe climática. 

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