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Un arreglo equitativo 


Romina Picolotti

Presidenta del Centro de Derechos Humanos y Ambiente, y ex Secretaria de Medio Ambiente de la Argentina

La equidad como lo demuestran casi veinte años de experiencia arduamente obtenida – es, sin lugar a dudas, la llave dorada para las negociaciones sobre el clima. La resume el principio de la “responsabilidad común, pero diferenciada” entre los países desarrollados y los países en desarrollo. Actualmente este principio es objeto de una enorme controversia en las negociaciones sobre el clima. Corremos el riesgo de descarrilar soluciones urgentemente necesarias para dar marcha atrás a las tendencias del cambio climático porque aún no hemos encontrado la manera de asegurar la equidad en el marco del proceso de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC)..

Hasta ahora procurar equidad en la distribución de la atmósfera, equidad en la responsabilidad para mitigar y equidad en la responsabilidad ante las víctimas de las repercusiones del clima ha resultado un cometido esquivo para los negociadores. No obstante, la comunidad internacional ha demostrado que puede proporcionar equidad en la solución del desafío ambiental mundial, como lo demuestra la trayectoria del Protocolo de Montreal. 

Considerado el tratado ambiental más eficaz del mundo, el Protocolo es un portaestandarte tanto para la equidad mundial como para la mitigación de las consecuencias del cambio climático. Aplica el principio de las responsabilidades comunes pero diferenciadas al exigir que los países industrializados sean los primeros en coger el toro por los cuernos, mientras que a los países en desarrollo se les da un período de gracia. Y los países han convenido en que los países industrializados deben asumir los crecientes costos resultantes del cumplimiento por los países en desarrollo.

Aunque el objetivo primordial inicial del Protocolo era proteger la capa de ozono, su cumplimiento universal ha tenido un efecto tremendamente positivo en el clima por cuanto entre 1990 y 2010 ha reducido las emisiones en el equivalente de 135 mil millones de toneladas de CO2. Teniendo en cuenta las dificultades presentes en la negociación del Protocolo de Kyoto, las cifras son asombrosamente impresionantes. El Protocolo de Montreal redujo las emisiones en la atmósfera a un ritmo de 11 mil millones de toneladas anuales ¡de cuatro a cinco veces las reducciones previstas en el primer período de compromiso del Protocolo de Kyoto! 

Y eso no es todo. La aceleración de la eliminación gradual de los hidroclorofluorocarbonos (HCFC), negociada y aprobada en 2007 en el marco del Protocolo de Montreal, podría eliminar otros 15 mil millones de toneladas de CO2 equivalente. Pero existe una trampa importante y fundamental: las ventajas derivadas de la eliminación gradual sólo se materializarán si la sustitución de los HCFC conduce a sucedáneos que presenten potenciales de calentamiento atmosférico bajos o nulos. Esas ventajas se podrían ver sumamente mermadas si para reemplazar a los HCFC se opta por los hidrofluorocarbonos (HFC). 

Los HFC son supergases de efecto invernadero, 2.000 veces más potentes que el dióxido de carbono desde el punto de vista de su capacidad para calentar la atmósfera. Aunque existen numerosas alternativas de bajo potencial de calentamiento atmosférico, en muchos países los HFC han llegado a ser los gases de efecto invernadero que se han utilizado cada vez con mayor frecuencia para reemplazar a los HCFC. Si no se controlan, a mediados de siglo podrían llegar a generar una tercera parte del cambio climático. 

Los HFC son uno de los seis gases incluidos en la cesta de gases del Protocolo de Kyoto que son objeto de una cuidadosa negociación en el marco del proceso de la CMNUCC. Una de las cuestiones fundamentales de las conversaciones versa sobre la equidad y las responsabilidades diferenciadas, y es ahí donde radica nuestro problema. Encaramos un dilema crítico, avanzar mediante la eliminación gradual de la producción y el uso de los HCFC en el marco de un régimen (el Protocolo de Montreal), y a la vez no poder limitar las emisiones de HFC en el marco de otro proceso (el de la CMNUCC). 

¿Cómo resolvemos esto? ¿Cómo aprovechar la eliminación gradual de los HCFC y a la vez evitar el aumento de los HFC y, al hacerlo, asegurar el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas? En la práctica, pensar sobre la equidad en el contexto de las negociaciones sobre el cambio climático representa:

  1. Que la transferencia de tecnologías Norte-Sur se efectúe de manera eficaz;

  2. Que se cree una arquitectura financiera equitativa que asegure equidad en la representación y la facultad de adoptar decisiones de los países enumerados en el anexo I (industrializados) y los países no incluidos en ese anexo;

  3. Que los países incluidos en el anexo I cumplan plenamente sus obligaciones relativas a la mitigación;

  4. Que los países incluidos en el anexo I cumplan cabalmente sus obligaciones financieras relativas a la mitigación y la adaptación.
Todos estos aspectos ya obran y están presentes en el Protocolo de Montreal.

¿Por qué no usar entonces lo que ha resultado ser un tratado justo, equitativo y satisfactorio que actualmente reglamenta con acierto los HCFC para también controlar los HFC?

Habida cuenta del gran éxito que el Protocolo de Montreal ha cosechado hasta ahora, constituye una conjetura razonable pensar que ciertamente serviría de foro constructivo para hacer frente a las eliminaciones graduales de los HFC. Ya se cuenta con el marco, las instituciones y los expertos técnicos y negociadores que se conocen bien recíprocamente. No obstante, pueden surgir más interrogantes:

  1. ¿Qué ganamos en relación c a. on la mitigación?

  2. ¿A qué costo?

  3. ¿Qué representaría para el proceso de negociación de la CMNUCC?

  4. ¿Existen otros beneficios?

  5. Y si las respuestas a todas estas preguntas son positivas, ¿cómo lo hacemos?

Ya existe una propuesta viable, formulada inicialmente en 2009 por los Estados Federados de Micronesia. Reduciría entre 85 % y 90% de la producción y el uso de los HFC, lográndose una mitigación del cambio climático equivalente a 100 mil millones de toneladas de CO2 antes de 2050. Posteriormente, en 2010, los Estados Unidos, el Canadá y México formularon una propuesta similar. De esta manera, la política se está desplazando en la dirección correcta. 

Los HFC pertenecen a la misma familia de gases, presentan propiedades químicas similares y se utilizan en los mismos sectores que los productos químicos que ya están reglamentados con arreglo al Protocolo de Montreal – de manera que las estructuras ya están establecidas para implementar rápidamente una eliminación gradual. El Protocolo ya ha eliminado satisfactoriamente casi el 100% de otros 96 productos químicos nocivos: resultaría fácil poner en marcha otra eliminación gradual adicional de los HFC. 

Si no hacemos frente a este posible cambio peligroso, durante los próximos cinco años la aceleración de la eliminación gradual de los HCFC impulsará hacia los HFC a los países en desarrollo que se hallan en proceso de transición; lo cual a su vez brindará a los HFC un mercado duradero, así como un importante aumento de las emisiones. En consecuencia, es fundamental que complementemos la eliminación gradual de los HCFC con una eliminación gradual paralela de los HFC. 

A los países en desarrollo les resultaría cómodo aplicar Protocolo de Montreal para reglamentar la producción y el uso de los HFC y presentar a la CMNUCC la mitigación lograda. Ello también sentaría buenos precedentes debido a la sinergia que obra entre diferentes acuerdos ambientales y por establecer equidad en la mitigación del clima, por cuanto el Protocolo ha demostrado que asegura la equidad, y para conseguirlo asegura la transferencia de tecnología y la financiación necesaria, a la vez que consagra el principio de la responsabilidad común pero diferenciada. 

El empleo del Protocolo de Montreal para llevar a cabo esta eliminación gradual combinada nos ayudará a pasar totalmente por alto a los HFC, que tienen un alto potencial de calentamiento atmosférico, lo cual ahorrará miles de millones de dólares a las economías en todo el mundo. 

No podemos dejar de aprovechar esta formidable oportunidad. 

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