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reflexiones 

Achim Steiner
Secretario General Adjunto de las Naciones Unidas y Director Ejecutivo del PNUMA

Al parecer la brecha entre realidad científica y ambiciones políticas se mantiene –y podría ampliarse– de igual modo que las negociaciones acerca de las medidas que podrían adoptar más de 190 países para lograr avanzar en el examen del cambio climático en Durban (Sudáfrica). Si bien se han producido muchos acontecimientos alentadores –en 2010 por ejemplo se invirtieron más de 210 mil millones de dólares de los Estados Unidos en energías renovables en países como Alemania, China y los Estados Unidos y México, Kenya y Sudáfrica– estos siguen estando muy a la zaga con respecto a la dimensión, la escala y el ritmo requeridos para mantener el aumento de la temperatura mundial en menos de 2ºC en este siglo.

Quizás en Durban no se alcance un nuevo acuerdo definitivo y decisivo en materia de medio ambiente, pero hay que evitar un estancamiento para lograr que el progreso social, el crecimiento económico y la sostenibilidad ambiental de materialicen de manera simultánea. Entre los muchos logros de la reunión de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, celebrada en Cancún (México) el pasado año, cabe mencionar la confirmación de que la comunidad internacional sigue optando por las negociaciones como vía de solución en lugar de caer en la segmentación y la segregación tras la Cumbre de Copenhague en 2009. Son estas las bases sobre las que se debe trabajar en Durban y de ahí avanzar hacia el logro de diversas metas alcanzables. 

 

En Durban todo sigue estando sobre la mesa, incluso la presentación del programa de reducción de emisiones derivadas de la deforestación y la degradación de los bosques, y conservación y manejo sostenible de los bosques, conocido como REDD+.Over a dozen countries, such as the Democratic Republic of the Congo, Indonesia and Panama, are at advanced stages for participation in REDD+. Más de una docena de países, como la República Democrática del Congo, Indonesia y Panamá, se encuentran en etapas avanzadas de participación en el REDD+. Hoy día, aproximadamente el 17% de las emisiones de efecto invernadero se debe a la deforestación. Es por ello que remunerar a los países en desarrollo para que conserven los bosques y no los desbrocen puede ser determinante en la lucha contra el cambio climático y aportar múltiples beneficios vinculados a la economía ecológica, entre otros la mejora del suministro de agua, la conservación de la diversidad biológica –por ejemplo el emblemático orangután– la estabilización de los suelos, y la creación de empleos ecológicos en el manejo de recursos naturales.

Noruega –país que respalda el programa ONU REDD, del cual es miembro el PNUMA– está aportando mil millones de dólares de los Estados Unidos a Indonesia y otra cantidad similar a Brasil. En Indonesia ya ha logrado impulsar una moratoria sobre el desbroce de nuevos bosques tropicales para sembrar plantaciones de palmas productoras de aceite. 

También se presentan oportunidades para Sudáfrica. Sin dudas, el anfitrión de la 17ª Reunión de las Partes no es un país en que abunden los bosques tropicales. Sin embargo, posee un verdadero potencial en lo que respecta a la siembra y resiembra de árboles y arbustos en zonas degradadas tales como Kwai Zulu Natal y Eastern Cape, que puede explotar ofreciendo incentivos financieros a los propietarios de tierras y zonas estatales para fomentar la mejora de la gestión y el desarrollo de medios de subsistencia para la población local.

Según algunas estimaciones, solo en Eastern Cape hay alrededor de 1,2 millones de hectáreas de suelo degradado. ¿A cuánto ascenderían las ganancias si apenas el 10% de esas tierras se reforestase y restaurase con un precio del carbono de 10 dólares por tonelada de dióxido de carbono? La cantidad de carbono secuestrado o absorbido por estos árboles y arbustos en crecimiento –calculado en 350 toneladas por hectárea, e incluso más en condiciones de mayor humedad– podría equivaler a siete millones de Rands por año. En 30 años esa cifra podría elevarse a 200 millones de Rands, aunque se reduciría en parte debido a los costos de transacción tales como el coste de los árboles y de las actividades de vigilancia, notificación y verificación de los proyectos..

En Durban es preciso también avanzar en la creación del Fondo Verde para el Clima a fin de ayudar a los países en desarrollo a luchar contra el cambio climático y brindar opciones sobre la manera de generar la financiación acordada para el clima por valor de 100 mil millones de dólares de los Estados Unidos para 2020. Además, los Gobiernos deben lograr progresos tangibles en pos de la puesta en práctica en 2012 de las nuevas tecnologías y los mecanismos de adaptación acordados en Cancún. Y por último, aunque no menos importante, en Durban es necesario poner en marcha un proceso para afianzar las promesas en cuanto a la reducción de las emisiones, formuladas en Copenhague y Cancún, y avanzar de manera constante para acortar la brecha entre las ambiciones actuales y lo que es preciso hacer para lograr mantener la temperatura mundial por debajo de los 2ºC. Con ello se enviaría un firme mensaje a la reunión Río+20, que se celebrará en junio del año próximo, 20 años después de la Cumbre para la Tierra en 1992 que marcó el rumbo hacia el desarrollo sostenible contemporáneo, que incluye la lucha contra el cambio climático. 

Prácticamente en casi todo el mundo se están desplegando acciones para combatir el cambio climático y lograr la transición hacia una economía ecológica. El reto a que se enfrentan las reuniones de Durban y Río+20 es encontrar vías para ampliar y acelerar las acciones ya emprendidas –y desvincular el crecimiento económico del uso de recursos– y a la vez aprender a reconocer que abordar el calentamiento global y el cambio ambiental en general representa tanto una oportunidad como un reto, y que es posible reorientarlos y lograr progresos sociales para la mayoría, en lugar de para una minoría. 

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