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En la primera línea

Prof. Jeffrey Sachs
Director, Earth Institute, Universidad de Columbia

Las tierras secas ocupan la primera línea en materia de cambio climático y en ellas habitan las personas más pobres y vulnerables del mundo. Ya estamos viendo en ellas los efectos terribles del cambio climático sobre la pobreza, la supervivencia, la salud, el hambre, el bienestar humano… y en la propia paz, porque las tierras secas que se han visto muy afectadas se encuentran entre las zonas más inestables del mundo. El tramo entre el Senegal y el Afganistán es una región de gran vulnerabilidad, pobreza y necesidades básicas insatisfechas: faltan alimentos y nutrición, acceso a la atención sanitaria y veterinaria, seguridad de los cultivos y el ganado y, ante todo, el agua. La inestabilidad se está incrementando en toda la región: los conflictos calificados como de extremismo o de conflicto político suelen tener sus raíces en los problemas de desertificación, aumento de las sequías, precipitaciones más inestables, muchas más malas cosechas que en el pasado y –en algunas regiones– la incapacidad de seguir contando con cultivos confiables. El hambre que azota actualmente el Cuerno de África y ha dejado más de diez millones de personas luchando por la supervivencia es una demostración vívida y terrible de los peligros de la desertificación y la inestabilidad de las tierras secas.

Asimismo, la población también se ha multiplicado por cuatro o más en esas regiones desde mediados del siglo XX. El cambio climático está ejerciendo grandes presiones demográficas y todo esto se convierte en un fenómeno sumamente amenazador. Y, sin embargo, estos temas no reciben la respuesta y la atención de la política mundial que necesitan. Incluso en nuestros enfoques sobre seguridad no se contempla el hecho de que tras la manifestación superficial de violencia y conflicto se oculta un peligro mucho más profundo e incluso más amenazante: el riesgo ecológico que resulta del cambio climático, las presiones demográficas y muchas otras presiones. El empeñamiento militar no funciona, ya que los problemas tales como el hambre, la supervivencia del ganado y las tensiones crecientes entre las poblaciones sedentarias y los pastores nómadas o seminómadas no pueden resolverse por estos medios. No hemos visto un enfoque coherente, consistente y persistente para estos problemas que esté realizado a escala y basado en la ciencia, porque no se les han dedicado recursos ni atención política.

Precisamos varios tipos distintos de respuestas. En primer lugar, una respuesta científica. No tenemos una comprensión cabal del modo en que los cambios mundiales y regionales realmente afectan el clima de la región del Sahel, el Cuerno de África y el Asia occidental y central. Una de las prioridades es contar con una explicación exhaustiva, actualizada y detallada de la manera en que las regiones de tierras secas sienten la señal climática mundial. Necesitamos modelos reducidos a escala y mejores pruebas de lo que indican los modelos de mayor escala respecto de las amenazas futuras a esas regiones. Y hace falta disponer de un conjunto fidedigno de datos de las estaciones meteorológicas a fin de elaborar un informe detallado y completo del clima de los últimos treinta años, con objeto de crear no solo una referencia para el futuro, sino también una base mucho más rica que nos permita atribuir causas a los cambios observados.

En segundo lugar, existen enormes lagunas de conocimiento respecto de la adaptación –o no adaptación– de los sistemas humanos. ¿Qué ha pasado realmente en las poblaciones del Sahel desde la desecación extrema del decenio de 1970? Ha habido una cierta recuperación, pero ¿qué tan sólida? ¿Cómo les va a las comunidades nómadas y seminómadas? ¿Podemos obtener muchos más datos sistemáticos? Por supuesto, la Secretaría de la Convención de lucha contra la desertificación de las Naciones Unidas recaba gran cantidad de información de ese tipo y, sobre todo, ayuda a difundirla a la comunidad científica y a los que se ocupan de cuestiones de desarrollo en general. Pero queda mucho más trabajo por hacer para verificar esos cambios sobre el terreno en tiempo real; utilizar sistemas de teleobservación de forma más sistemática para medir las fluctuaciones de pastores, ganado y bienes y comprender su vulnerabilidad; y ver el modo en que las presiones demográficas afectan a esas comunidades. En muchos lugares, las tasas de fecundidad siguen siendo de seis, siete u ocho hijos por mujer. Al parecer se avecina un desastre demográfico como consecuencia de una inmensa sobrecarga en un ecosistema de por sí ya debilitado y frágil y que en el futuro sufrirá aún más presiones. Es necesario poner en marcha servicios generales de planificación familiar y anticonceptivos modernos para mitigar el choque entre el aumento de la población y el clima del futuro.

Sin duda, el tercer elemento consiste en las medidas de intervención que se necesitan con urgencia para la adaptación al cambio climático. Esas medidas abarcan desde la preparación para casos de emergencia hasta otro tipo de estrategias de mitigación del riesgo, como la creación de seguros financieros, la diversificación de las actividades económicas y la elaboración de alternativas en materia de ordenación del paisaje y almacenamiento del agua.

Las comunidades pobres que enfrentan múltiples golpes y problemas necesitan un enfoque integral. El proyecto Aldeas del Milenio ha contribuido a promover este enfoque en las tierras secas, por ejemplo, en Dertu (Kenya), cerca de la frontera con Somalia. Su estrategia integrada se centra en cinco esferas clave. La primera es el conjunto formado por ganado y cultivos. La segunda es el sistema de salud, que se ve afectado por terribles golpes relacionados con el clima, como también por desafíos tan inmensos como las epidemias de malaria, la fiebre del Rift Valley, la peste bovina y otras enfermedades endémicas. La tercera es la educación: ¿cómo pueden las comunidades pobres de las tierras secas asegurarse de que la próxima generación adquiera las aptitudes y conocimientos necesarios para estar altura de los desafíos, cada vez mayores, que enfrentan? La cuarta, de importancia crítica, es la infraestructura, que abarca desde el agua –con inclusión del riego, el almacenamiento y la seguridad hídrica para casos de sequía– hasta el transporte, el almacenamiento, la capacidad de vincular comunidades locales con mercados regionales e internacionales y las telecomunicaciones y la conectividad a través de Internet, herramienta muy poderosa para estas poblaciones de las tierras secas, que suelen estar muy dispersas. La quinta esfera consiste en el desarrollo empresarial, especialmente en relación con la ganadería y otros ámbitos en los que el aumento del valor agregado podría aportar un bienestar mucho mayor a las comunidades.

En 2008, el Comité sobre cambio climático y desarrollo del Gobierno sueco difundió un informe sobre el cambio climático y las tierras secas en el que se recomendaban maneras aumentar la capacidad de recuperación y la adaptabilidad y de crear estrategias de preparación para casos de emergencia y de mitigación del riesgo. Se proponía poner en marcha pilotos a mayor escala de los proyectos de adaptación de base comunitaria para las comunidades pobres y vulnerables, en zonas urbanas y rurales, en las tierras secas. Tres años después, los proyectos empiezan a dar resultados, ya que Etiopía, Somalia, Kenya, Uganda, Djibouti y Sudán del Sur se unieron en una iniciativa para las tierras secas. Fomentarán el empleo de las mejores prácticas y tecnologías de vanguardia en apoyo de la iniciativa de sus comunidades de pastores para huir de los flagelos de la pobreza y el hambre extremas, y contarán con el apoyo de socios como Ericsson, Airtel, Novartis, Sumitomo Chemical y el Banco Islámico de Desarrollo. Hay una necesidad apremiante de respuestas integrales, basadas en la comunidad, que tengan fundamento científico y atiendan las necesidades sanitarias y veterinarias, de almacenamiento de agua y otro tipo de infraestructuras, de educación infantil, de mejora y supervivencia del ganado, y los vínculos con los mercados. Esto reviste creciente importancia, no sólo para el bienestar de esas comunidades, sino para resolver lo que, de lo contrario, se convertirá en una epidemia cada vez mayor de conflictos violentos.

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