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Límites comunes

Johan Rockström
Director, Instituto del Medio Ambiente de Estocolmo

La presión que ejercen los seres humanos sobre el planeta está llegando a un punto de saturación y, si se lo supera, se puede socavar el desarrollo social y económico. Este fenómeno es nuevo, al igual que sus efectos en nuestros bienes comunes –la capa de ozono estratosférica, el sistema climático, la biosfera, la hidrosfera y la criosfera– que se han verificado mediante observaciones empíricas realizadas durante los últimos 20 años. Entre esas manifestaciones cabe mencionar el rápido agotamiento de la capa de ozono; la pérdida de diversidad biológica a un ritmo exponencial continuo; la degradación de la tierra, el agua dulce y la calidad del aire; la carga de aerosoles y contaminación química a escala regional; el cambio climático, y la apropiación no sostenible de recursos naturales finitos como el petróleo y el fósforo. Los efectos empiezan a manifestarse de maneras que afectan a las economías de todo el mundo.

La escala de la influencia humana es tal que es posible que hayamos entrado en una nueva época geológica, el Antropoceno, en la que la humanidad constituye una fuerza geológica planetaria. Por lo tanto, es posible que estemos saliendo de nuestra época actual, el Holoceno, los últimos 10.000 años del período interglaciar, que ha ofrecido condiciones ambientales sumamente estables y favorecido el desarrollo del mundo tal como lo conocemos.

Las fuerzas que impulsaron esta globalización de los problemas ambientales comenzaron a mediados del decenio de 1950. Hasta ese momento, el impacto relativo de la humanidad en los bienes comunes era reducido: los impactos ambientales de casi 200 años de industrialización se limitaban en gran medida a impactos locales y regionales en el agua, la tierra, el aire. Después de mediados de siglo cambia el ritmo de los emprendimientos humanos. El metabolismo industrial aumenta la escala y empezamos a ver un incremento exponencial en el bienestar social, el crecimiento del PIB, la cantidad de población, las mejoras sanitarias y el impacto de los seres humanos en el medio ambiente. Por lo tanto, este es el punto en que el cambio en el medio ambiente mundial se manifiesta en prácticamente todos los parámetros que son importantes para el bienestar de humano: desde la pérdida de hábitats hasta el cambio climático.

Hay otros tres factores que interactúan y acentúan el problema. El primero es el crecimiento de la población y la riqueza: estamos en gran medida destinados a crecer de los 7 mil millones de personas que somos actualmente a 9 mil millones para 2050, en un mundo que se urbaniza y enriquece rápidamente (la mayoría de la población mundial, que sigue siendo pobre, solo ha reclamado una fracción limitada de los bienes comunes, si bien tiene derecho a una parte de ellos). El segundo es que la ciencia hace cada vez más hincapié en el riesgo de que se produzcan cambios abruptos e irreversibles cuando se fuerza a los sistemas –desde los ecosistemas locales al clima– a cruzar los puntos de inflexión. Esto puede provocar cambios catastróficos en las condiciones de las naciones y regiones, posiblemente impulsados por cambios en los bienes comunes, como el aumento de los gases de efecto invernadero en la atmósfera, que desestabiliza el manto de hielo de Groenlandia. El tercero está constituido por las pruebas cada vez más numerosas de nuestra dependencia social y económica de los servicios de los ecosistemas para alcanzar el bienestar de los seres humanos, desde funciones locales tales como los suelos fértiles, hasta mundiales como la estabilidad del Ártico.

Tenemos que repensar en el desarrollo humano en esta nueva época, el Antropoceno. Necesitamos invertir con urgencia la tendencia del cambio ambiental negativo a nivel mundial para movernos dentro de un espacio de seguridad en el sistema terrestre. Es necesaria la gobernanza de los bienes comunes de la humanidad como parte integrante del desarrollo nacional y regional.

En este contexto, sirve de marco el concepto de límites planetarios. Este concepto identifica los procesos ambientales que determinan la estabilidad de los componentes del sistema terrestre. También propone límites sostenibles para las variables principales que determinan el cambio en cada proceso, establecidas para tratar de evitar puntos de inflexión que podrían provocar perturbaciones regionales y mundiales abruptas y nocivas. Se han propuesto nueve procesos de límites planetarios. Entre ellos se incluyen los tres bienes comunes para los cuales hay pruebas de la existencia de umbrales de gran escala –el cambio climático, el agotamiento de la capa de ozono y la acidificación de los océanos– y los procesos cuyas funciones reguladoras determinan la capacidad de recuperación de los biomas más importantes y, en última instancia, del sistema terrestre: el cambio en el uso de la tierra, el uso del agua dulce, el ritmo de pérdida de la diversidad biológica y la interferencia del ser humano en los ciclos del nitrógeno y el fósforo a nivel mundial. Los dos últimos son la contaminación química y la carga de aerosoles. Se han cuantificado límites de seguridad para los primeros siete y se eligieron los extremos inferiores –los de riesgo menor– del margen de incertidumbre definido por la ciencia, de modo de aplicar un principio de precaución: por ejemplo, para el cambio climático, el límite se fijó en 350 ppm (partes por millón) de CO2, mientras que la ciencia indica que el riesgo de cruzar un punto de inflexión está dentro del margen de 350 a 550 ppm de CO2.

En conjunto, esos nueve límites planetarios proporcionan a la humanidad un espacio de seguridad. En el primer análisis se indica que hemos transgredido el espacio de seguridad de tres de los límites: el cambio climático, el ritmo de pérdida de la diversidad biológica y la extracción de nitrógeno de la atmósfera. Eso nos ubica en una zona de peligro riesgosa que no nos permite descartar la posibilidad de alcanzar los puntos de inflexión: es posible que la fusión acelerada del hielo del Ártico constituya una advertencia anticipada de esa dinámica no lineal.

Se necesita gobernanza de los bienes comunes para alcanzar el desarrollo sostenible y, en consecuencia, el bienestar de los seres humanos. Ya no podemos centrarnos exclusivamente en las prioridades nacionales de desarrollo económico y protección ambiental. La influencia de todas las naciones en los bienes comunes –en un momento de creciente saturación ambiental– genera una retroalimentación a nivel mundial que incide en las economías locales. Tampoco podemos centrar nuestra atención en el cambio climático exclusivamente. Ahora debemos ocuparnos, al mismo tiempo, de la sostenibilidad a escala planetaria de todos los procesos ambientales claves asociados con la estabilidad de los sistemas biofísicos terrestres.

Es posible que el concepto de límites planetarios resulte útil para respaldar la gobernanza de nuestros bienes comunes. Debemos reconocer las implicancias sociales de vivir dentro de los límites de seguridad, y todos los límites tienen que cuadrar, dentro de niveles de seguridad, a escala mundial. Así, ninguna nación ni región podrá apropiarse de una porción mayor de los bienes comunes sin presentar informes transparentes a las demás naciones ni acordar mecanismos para garantizar que la utilización total del espacio planetario se mantenga dentro de los límites de seguridad. Para mantenernos dentro del espacio de seguridad durante el Antropoceno, en un mundo cuya población y riqueza están en franco crecimiento, será preciso distribuir el espacio planetario entre las naciones. Esta es, como mínimo, una tarea difícil pero necesaria que, cuando dé sus frutos, beneficiará a toda la humanidad durante generaciones.

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