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Reflexiones

Achim Steiner
Secretario General Adjunto de las Naciones Unidas y Director Ejecutivo del PNUMA

A menos de 9 meses de que comience la Conferencia Río+20, se está generando impulso en el plano internacional como resultado de la creciente comprensión de que tenemos que repensar en las economías y reformar el sistema internacional de gobernanza que no está a la altura de lo que se necesita. Sobre cuestiones que van desde la desertificación hasta la pérdida de diversidad biológica, las respuestas actuales y las instituciones establecidas para facilitarlas están luchando por seguir el ritmo de la magnitud y velocidad del cambio ambiental, social y económico.

Los gobiernos, la sociedad civil y las empresas se reúnen conforme a un cronograma acordado para hacer seguimiento de una hoja de ruta con miras a definir y dar forma a sus posiciones sobre los dos temas de Río +20: la economía verde en el contexto del desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza y un marco institucional para el desarrollo sostenible. Por ejemplo, la reunión de octubre de la Convención de Lucha contra la Desertificación se concentrará en las tierras secas y la agricultura sostenible, entre otras cosas.

No hay nada bien definido al respecto, pero hay cierta fusión de propuestas transformadoras y cooperativas, desde incrementar las energías limpias hasta nuevas maneras de gestionar los océanos, los recursos de agua dulce, la seguridad alimentaria y la preparación en casos de desastre.

Hasta ahora el principal foco de atención ha sido la economía verde. Un problema clave es el de los subsidios a los combustibles fósiles: según algunas estimaciones, van de los 400.000 a los 600.000 millones de dólares de EE.UU. por año, o sea, cuatro veces lo que costaría elevar la asistencia oficial para el desarrollo a la meta del 0,7%. Otro son las adquisiciones sostenibles: en promedio las adquisiciones públicas representan 23% del PIB mundial, lo que se considera suficiente para inclinar a mercados completos hacia un sendero más sostenible. Otras áreas bajo examen van desde la reforma de los contratos bilaterales de inversión que obstaculizan la adopción de la energía limpia hasta el desarrollo de un indicador de riqueza más inteligente que abarque más que el PIB.

Mientras tanto, gobiernos como los de Kenya, Alemania, Malasia y Francia están dando señales de apoyo para fortalecer o mejorar el PNUMA de modo que se reactive el pilar ambiental del desarrollo sostenible. Entre otras propuestas en materia de gobernanza se incluye transformar la Comisión sobre el Desarrollo Sostenible en un Consejo o fusionar sus funciones en un Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas fortalecido.

El eslabón que falta por ahora es el apoyo político amplio. Sin embargo, Brasil está indicando su determinación de proveer liderazgo al igual que siete jefes de estado africanos, asiáticos y europeos. Si más líderes que piensan parecido, incluso líderes de la sociedad civil, demuestran su apoyo, hay muchas probabilidades de que la promesa de la cumbre de Río de 1992 pueda finalmente traducirse en resultados profundos, que reflejen que está revelando entre las naciones un nuevo objetivo de dar protagonismo y prioridad a la sostenibilidad.


Luc Gnacadja

Secretario Ejecutivo de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha Contra la Desertificación (CNULCD)

El suelo, que ocupa un lugar destacado en este número de Nuestro Planeta, es una parte fundamental de los bienes comunes de la humanidad. Las tierras productivas son esenciales para la supervivencia de la vida en la Tierra. Sin embargo, cada año se pierden 12 millones de hectáreas por la desertificación y la sequía. En los próximos 25 años, estas pérdidas pueden reducir hasta en un 12% la producción mundial de alimentos y provocar el aumento de hasta 30% de los precios en el mundo. Si de verdad queremos una economía verde, en la que la agricultura y la seguridad alimentaria estén integradas en el desarrollo sostenible, debemos volcarnos hacia prácticas de uso sostenible de la tierra. Para ello, es preciso que se reconozca en todos los niveles la dimensión mundial de la desertificación y la degradación de las tierras. Sin suelos saludables, perderemos otros bienes comunes de la humanidad, como el agua y la diversidad biológica.

Todavía tiene que arraigarse la importancia del suelo como bien común en la mente de los encargados de tomar decisiones. Sin embargo, hay señales de cambio. El 20 de septiembre, los líderes del mundo se reunirán en la Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York, para celebrar una reunión de alto nivel sobre la lucha contra la desertificación, la degradación de las tierras y la sequía en el contexto del desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza. Es el momento propicio para un cambio de paradigma en que se considere que la tierra y el suelo son recursos finitos. El hambre y la sequía actuales en el Cuerno de África nos recuerdan que fortalecer la capacidad de recuperación de las comunidades de las tierras secas y procurar la ordenación sostenible de la tierra a nivel mundial son medidas esenciales para el bienestar futuro de una sociedad internacional civilizada en el siglo XXI. El costo de actuar ahora es mucho menor que los costos futuros de la inacción.

En términos prácticos, esto implica procurar que la pérdida de tierras pase a la historia, por ejemplo, la “degradación neta cero de las tierras” como parte de la meta del desarrollo sostenible a nivel mundial. La sostenibilidad a largo plazo de las tierras productivas está en peligro, pero juntos podemos invertir la tendencia si actuamos con rapidez. Hoy, más que nunca, la comunidad internacional debe intensificar sus esfuerzos para forjar una alianza mundial a fin de revertir y evitar la desertificación y la degradación de las tierras y mitigar los efectos de la sequía. La reducción de la pobreza y la sostenibilidad ambiental serán algunos de los rendimientos rápidos y duraderos de nuestra inversión.

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