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Dr. Roberta Bondar

 

La Dra. Roberta Bondar –primera neuróloga en viajar al espacio y primera mujer astronauta canadiense– viajó en el transbordador espacial durante la primera misión internacional sobre microgravedad, en enero de 1992. Durante los diez años siguientes dirigió un equipo internacional de investigación sobre medicina espacial que trabajó con la NASA en apoyo de veinticuatro misiones del transbordador espacial y la estación orbital Mir. Actualmente tiene una fundación propia cuyo objetivo es inspirar el aprendizaje sobre temas ambientales por medio de la fotografía.

Tuve una revelación silenciosa mientras flotaba en el espacio, completamente alejada de los sonidos, olores y gustos de la Tierra, con el solo contacto de la ropa que llevaba puesta. No es sorprendente que mi primera visión del planeta fuera sobre el agua: la luz del sol se reflejaba en la sábana azul refulgente del Océano Pacífico, aunque no oía las olas ni sentía el gusto salado del aire. La luz era de una claridad penetrante; no había atmósfera que suavizara los rayos del sol. El cielo azul de la tierra se veía negro con un delgado ribete difuso de color azul brillante alrededor del planeta.

Después de observar el planeta desde el espacio durante ocho días, aumenta mi interés y respeto por las fuerzas que dan forma a nuestro mundo. Cada partícula de suelo, cada planta, cada animal es especial. También me maravillo ante la creatividad y el ingenio de nuestra propia especie, aunque me pregunto por qué no nos damos cuenta de que todos los días creamos nuestro futuro y de que nuestras acciones a nivel local afectan a la comunidad mundial en la actualidad y afectarán también a generaciones futuras.

Desde el espacio, ver el planeta sin seres humanos puede ser, sin duda, desconcertante. Pero tenemos que regresar cambiados a la Tierra, porque solo cuando estamos sobre su superficie vemos las plantas valiosas, los animales confiados y las mariposas delicadas. Los seres humanos deberíamos respetarlos y admirarlos en lugar de causar destrucción y extinción. Porque hemos desarrollado tecnologías espantosas y nos hemos convertido rápidamente en una especie que agota recursos, recae en nosotros la responsabilidad fundamental de proteger a los demás de nosotros mismos

Debemos entender que, aunque somos parte integrante del medio ambiente, somos observadores y motores de cambio. Tenemos la capacidad de inducir y producir cambios en el medio ambiente, tanto positivos como negativos. Nuestras creencias, razonamiento y sabiduría se basan en la ciencia y en filosofías religiosas, espirituales o morales. Es posible que el intento de los seres humanos de mantener el medio ambiente en estado estable elimine la oportunidad de evolución natural. Sin embargo, podemos tratar de proteger otras formas de vida de la superfuerza de nuestra tecnología y los desafíos de población humana, entre ellos, la presión sobre esos medio ambientes preservados.

Debemos hacernos un tiempo y un lugar para la paz y la renovación espiritual. Necesitamos un tiempo de reflexión para que las cosas que hacemos adquieran más orden e importancia. Tal vez deseamos un objetivo de vida que se pueda lograr estableciendo y alcanzando metas. Pero también necesitamos poner nuestra vida y nuestra propia mortalidad en perspectiva. Después de todo, este planeta también albergará vidas futuras que enfrentarán nuevos miedos y problemas.

No tenemos todas las respuestas, pero seguimos viviendo y creciendo a través del conocimiento adquirido a partir de la observación de otras formas de vida. Eso debería bastarnos para ser proactivos respecto del cuidado de nuestro ambiente natural. El mensaje debería ser claro. Se desconocen las expectativas de las generaciones futuras, excepto una: la supervivencia. Si no protegemos el ambiente de nuestro planeta, propicio para los seres humanos, a la larga nuestro verdadero hogar no podrá nutrir nuestras almas ni nuestros cuerpos.

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