A lo largo de la historia, la humanidad ha alzado la mirada al cielo nocturno, cautivada por la Luna. Este cuerpo celeste ha inspirado asombro y admiración, ha dado forma a mitos y creencias, ha guiado a navegantes a través de los océanos y ha marcado el paso del tiempo.
Desde una distancia de casi 400.000 kilómetros, la Luna desempeña un papel crucial para sustentar la vida en la Tierra. Su atracción gravitacional genera mareas que oxigenan las aguas costeras, transportan nutrientes y sostienen algunos de los ecosistemas más diversos del planeta, como la Gran Barrera de Coral.
Con una influencia tan significativa en la vida humana, la Luna ha sido objeto de estudio científico durante miles de años, y comprenderla ayuda a proporcionar contexto para todo el sistema solar. Nuestra fascinación perdurable por la Luna también se refleja en el Día Internacional de la Luna, que las Naciones Unidas conmemoran el 20 de julio.
Recientemente, el mundo ha presenciado un resurgimiento de la exploración lunar. A principios de este año, la misión Artemis II de la NASA envió a cuatro astronautas en un viaje de 10 días alrededor de la Luna como parte de un programa que busca establecer una presencia humana permanente en su superficie para la década de 2030. China, la India, el Japón y varias empresas privadas también están impulsando sus propios programas de misiones lunares.
“Décadas de rápida expansión de la actividad espacial han demostrado que cada lanzamiento deja una huella ambiental, y puede llevar mucho tiempo comprender plenamente sus efectos. Por eso es tan importante considerar la sostenibilidad de estos programas desde las etapas iniciales”, afirma Jason Jabbour, Oficial Superior del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).
La sostenibilidad espacial significa que las actividades en el espacio exterior y en la Luna deben llevarse a cabo de manera que se les preserve para las generaciones futuras. Acuerdos internacionales como el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967 establecieron principios fundamentales para la exploración y utilización responsables del espacio ultraterrestre, obligando a los Estados a evitar la contaminación perjudicial.
Sobre la base de estos tratados, los Estados Miembros de las Naciones Unidas han adoptado directrices sobre la mitigación de los desechos espaciales y la sostenibilidad a largo plazo de las actividades en el espacio ultraterrestre, incluyendo medidas prácticas como minimizar los desechos, prevenir explosiones, evitar la destrucción intencional de naves espaciales y retirar de forma segura de las órbitas los satélites fuera de servicio y las etapas agotadas de cohetes.
Aun así, se calcula que actualmente unos 140 millones de fragmentos de desechos espaciales, de más de un milímetro de tamaño pero en su mayoría demasiado pequeños para ser rastreados, orbitan nuestro planeta. A continuación, examinamos más de cerca qué son y cuál podría ser su impacto ambiental.
Satélites fuera de servicio
Todo satélite eventualmente llega al final de su vida operativa. La mayoría vuelve a entrar en la atmósfera terrestre, donde se desintegra al quemarse, liberando aluminio, litio, cobre y otros metales en la atmósfera superior. Las y los científicos ya han detectado metales procedentes de naves espaciales en partículas estratosféricas y están investigando activamente sus posibles efectos sobre la química atmosférica, la formación de nubes y la capa de ozono.
Etapas de cohetes abandonadas
Los cuerpos de los cohetes figuran entre los objetos más grandes que permanecen en órbita después de los lanzamientos. Algunos permanecen en el espacio durante años antes de volver a entrar en la atmósfera, mientras que otros se fragmentan en miles de piezas. Se estima que cientos de toneladas métricas de cuerpos de cohetes y naves espaciales vuelven a entrar anualmente en la atmósfera terrestre, y se prevé que esta cifra aumente a medida que se repongan las grandes constelaciones de satélites, generando el riesgo de emisiones metálicas y de que sus fragmentos restantes alcancen la Tierra.
Las Directrices de las Naciones Unidas para la Reducción de Desechos Espaciales de la Comisión sobre la Utilización del Espacio Ultraterrestre con Fines Pacíficos instan a las entidades operadoras a ventilar el propelente sobrante, descargar las baterías a bordo y retirar de la órbita los satélites y las etapas de cohetes al final de su vida útil una vez concluidas sus misiones, con el fin de reducir el riesgo de explosiones y la acumulación de desechos espaciales.
Fragmentos de colisión y desechos procedentes de explosiones y pruebas antisatélite
Cuando los satélites o las etapas de cohetes colisionan, pueden hacerse añicos y generar miles de fragmentos que viajan a gran velocidad, aproximadamente a 28.000 kilómetros por hora. A esta velocidad, incluso una pieza pequeña puede destruir otra nave espacial, y cada colisión genera todavía más desechos. Las explosiones provocadas por combustible remanente o baterías, así como la destrucción deliberada durante pruebas de armas antisatélite, crean densas nubes de fragmentos que pueden permanecer en órbita durante décadas.
Las Directrices de las Naciones Unidas para la Reducción de Desechos Espaciales aconsejan evitar la destrucción intencional de naves espaciales en órbita y, desde 2022, un número creciente de Estados se ha comprometido a no realizar pruebas destructivas de misiles antisatélite.
Desechos operacionales y polvo relacionados con misiones espaciales
Las misiones espaciales pueden dejar atrás objetos más pequeños, como cubiertas protectoras, pernos, tapas de lentes y otros componentes liberados durante el lanzamiento o el despliegue de satélites. Aunque pequeños en sí mismos, estos objetos viajan a enormes velocidades orbitales y contribuyen a la creciente congestión en la órbita terrestre baja. Limitar la liberación de estos objetos durante operaciones espaciales normales constituye la primera de las directrices de las Naciones Unidas para la reducción de desechos espaciales.
Las colisiones repetidas, las explosiones y la erosión gradual producen partículas microscópicas que forman una nube difusa alrededor de la Tierra. Las y los científicos estiman que la luz solar reflejada y dispersada por esta masa acumulada de objetos y fragmentos en órbita ya está contribuyendo al aumento del brillo del cielo nocturno.
Desechos que sobreviven al reingreso
La mayoría de las naves espaciales están diseñadas para desintegrarse al quemarse durante su reingreso; sin embargo, componentes más grandes o más resistentes al calor pueden sobrevivir y caer de nuevo a la superficie de la Tierra. Estos objetos pueden representar una amenaza para las personas y las infraestructuras en tierra, mientras que los desechos que caen en el océano podrían dañar los hábitats marinos o introducir materiales peligrosos en los ecosistemas marinos.
En virtud de la Convención sobre la Responsabilidad Internacional por Daños Causados por Objetos Espaciales de las Naciones Unidas de 1972, todo Estado Miembro que lance un objeto espacial es responsable por los daños ocasionados por dicho objeto en la Tierra. El término “que lance” incluye tanto al país que encarga el lanzamiento como al país desde cuyo territorio o instalaciones este se lleva a cabo. En la práctica, esto significa que una nación que adquiere servicios de lanzamiento en el extranjero para su satélite comparte la responsabilidad con el país que presta dichos servicios.
El PNUMA y la Oficina de las Naciones Unidas para Asuntos del Espacio Ultraterrestre están trabajando conjuntamente para mejorar nuestra comprensión de los riesgos ambientales, fortalecer la base de evidencia científica y garantizar que los factores ambientales sean incorporados en la gobernanza espacial. Lo que ocurre en el espacio afecta la vida en la Tierra. Mediante una sólida cooperación y acción a escala mundial, los países pueden prevenir crisis ambientales en esta nueva frontera.
Escrito por Alyona Synenko
Revisado por Ann-Kathrin Neureuther y Jason Jabbour


