Por Sophie Loran, responsable de comunicación e incidencia sobre acción climática en el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente
Vivo en una de las ciudades más hermosas del mundo: París. Sin embargo, durante las olas de calor, como la que está atravesando Francia en estos momentos, apenas se percibe esa belleza.
Después de otro día con temperaturas de 35 °C, París deja de ser una ciudad de encantadores cafés y edificios haussmannianos. Todo gira en torno a qué lado de la calle tiene sombra, qué líneas de metro conviene evitar y cómo impedir que tu apartamento se convierta en un horno.
Durante una ola de calor, quienes vivimos en París reorganizamos nuestros días en función del sol. En verano, ya no tengo un horario. Tengo ventanas de calor. Antes de las 10 de la mañana soy eficiente y optimista. De 2 a 6 de la tarde, prácticamente desaparezco. Después de las 9 de la noche, reemerjo sintiéndome “como una persona normal”.
Durante una ola de calor, París se convierte en una ciudad de gente madrugona y caminantes de la noche. Si intentas luchar contra ese ritmo, pierdes.
En una ciudad famosa por su estilo, la mayoría empieza a vestirse para sobrevivir. Desaparecen los atuendos estructurados y los conjuntos impecablemente coordinados. En su lugar, el lino se transforma en un estilo de vida y las prendas amplias se vuelven imprescindibles. El calor termina por poner a todo el mundo en su lugar.
El transporte también se convierte en una decisión estratégica.
En verano, el metro es sofocante. Así que las parisinas y parisinos se adaptan: menos trayectos subterráneos largos, más caminatas (cuidadosas, bajo la sombra) y más pausas en lugares frescos. Empiezas a preguntarte: ¿vale la pena este viaje si voy a acalorarme? A veces, la respuesta es no.
Muchas personas, como yo, esbozamos un mapa mental de refugios frescos. Puede volverse la habilidad de supervivencia más importante. Con el tiempo, aprendes adónde ir cuando el calor se vuelve insoportable: museos, parques arbolados o el primer supermercado para refrescarte durante diez minutos.
Y luego, la estrategia definitiva. Los fines de semana, muchas y muchos se marchan. Cuando llega el viernes, el objetivo es sencillo: escapar. Yo salgo de la ciudad y busco bosques, ríos y lagos; literalmente cualquier lugar donde el agua corra y el aire circule.
Pero la posibilidad de escapar, de encontrar un clima más fresco y de recuperarse es un privilegio. La mayoría de las personas no tiene esa opción. Y entonces se vuelve evidente: sobrevivir el calor extremo a solas no es lo mismo que resolver el problema colectivamente.
Es allí donde mi trabajo empieza a sentirse más cerca de casa. Dirijo actividades de comunicación e incidencia sobre cambio climático. Como parte de mi trabajo, ayudo a difundir soluciones frente al calor extremo, como el enfriamiento sostenible y los edificios resilientes.
Estos mensajes adquieren cada vez más importancia a medida que el planeta se sobrecalienta. Los episodios de calor extremo, que antes eran poco frecuentes, ahora ocurren casi tres veces con más frecuencia.
Pero nuestras ciudades no tienen por qué ser abrasadoras. Hay varias medidas que podemos adoptar para hacerlas más habitables cuando las temperaturas se disparan.
Podemos ampliar el llamado enfriamiento pasivo mediante acciones como plantar árboles y pintar nuestros techos de blanco reflectante. Podemos diseñar edificios que se mantengan frescos de forma natural aprovechando la ventilación cruzada, utilizando materiales de construcción más transpirables y elevando la altura de los techos para que el aire caliente ascienda y se aleje de nuestro entorno.
Según el Global Cooling Pledge (Compromiso Mundial para el Enfriamiento), podemos ampliar el acceso al enfriamiento sostenible mediante la expansión del enfriamiento pasivo, la mejora ambiental de las tecnologías de enfriamiento y el aumento de su eficiencia. Sin embargo, debemos asegurarnos de que estas soluciones sean accesibles para todas las personas, y no solo para quienes pueden pagárselas.
Algunas ciudades ya avanzan en esa dirección. En París, eso significa plantar bosques urbanos, reverdecer las escuelas mediante techos y espacios verdes, y planificar para enfrentar el calor extremo. A través de su ejercicio “París 50 °C”, la ciudad ya ha comenzado a plantearse una pregunta difícil: ¿qué ocurriría si las temperaturas del verano alcanzaran los 50 °C? ¿Podremos enfrentar semejante calor? Esa manera de pensar ya forma parte de un esfuerzo mundial más amplio, con iniciativas como Beat the Heat de la Presidencia de la COP 30 y la Cool Coalition (Coalición para el Enfriamiento), liderada por el PNUMA, junto con su iniciativa 50@50.
Porque el enfriamiento ya no tiene que ver solo con la comodidad. Determinará si nuestras ciudades seguirán siendo habitables en los años venideros.


