Por Mouna Zein
Zein es originaria de Jartum y Subdirectora de la Oficina del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente en Sudán
Durante más de un siglo, el Bosque Sunut fue un oasis en medio de Jartum, la extensa capital de Sudán.
Declarado reserva de vida silvestre en 1939, sus delicados árboles de acacia ofrecían refugio a aves migratorias y a urbanitas en busca de descanso, además de proteger a Jartum de las inundaciones anuales del cercano río Nilo Blanco.
Pero hoy el bosque —que abarca seis kilómetros cuadrados— se ha reducido a un mar de troncones irregulares, con sus acacias taladas por residentes desesperados por conseguir leña.
La devastación del Bosque Sunut forma parte de una crisis ambiental más amplia que se ha apoderado del gran Jartum desde el estallido de la guerra civil en Sudán, que hoy 15 de abril cumple tres años.
Para residentes de toda la vida como yo, esta histórica ciudad de 8 millones de habitantes —el corazón cultural de Sudán— resulta casi irreconocible.
Los escombros cubren las calles. Charcos de aguas residuales sin tratar se fermentan bajo el sol. Y restos humanos se descomponen en el Nilo, la principal fuente de agua potable de Jartum. Aunque los combates se han desplazado fuera de Jartum, este legado tóxico amenaza con enfermar y matar durante años.
La crisis es una instantánea de lo que puede ocurrirle al medio ambiente en tiempos de guerra y de cómo la degradación ecológica puede agravar el sufrimiento de la población civil agotada por el conflicto.
Los ejemplos abundan. En Irán, el bombardeo de depósitos de petróleo provocó diluvios torrenciales de una lluvia negra tóxica que quemaba los ojos e irritaba los pulmones. En Ucrania, la destrucción de edificios liberó enormes cantidades de asbesto incrustado en los techos de cemento. Y en la Franja de Gaza, la destrucción de los sistemas de saneamiento probablemente desencadenó una ola de fiebre tifoidea, una infección bacteriana potencialmente mortal.
Hace unos meses estuve en Jartum para realizar una evaluación ambiental. Fue la primera vez que pisé mi ciudad natal desde 2023. Fue entonces cuando mi esposo, nuestros tres hijos y yo metimos lo que pudimos en dos bolsas y huimos hacia el norte en un viaje de cuatro días hasta El Cairo.
Cuando regresé, encontré a la otrora bulliciosa Jartum reducida a una ciudad fantasma, con alguna que otra luz encendida entre las moles de edificios de apartamentos y oficinas bombardeados.
Eso me lo esperaba. Pero la magnitud de la destrucción ambiental me dejó atónita.
El Jardín Botánico Nacional de Jartum, que antes albergaba plantas en peligro, como el árbol Sangre de Dragón (Dracaena cinnabari), de lento crecimiento, quedó arrasado. Charcos estancados de aguas dulces y residuales se han convertido en criaderos de mosquitos portadores de malaria. Fábricas quemadas salpican la ciudad y, muy probablemente, han liberado una mezcla tóxica de sustancias químicas en el aire, el agua y el suelo. Y la degradación del Bosque Sunut ha debilitado una barrera natural fundamental contra las inundaciones.
Reparar todo esto será vital para el futuro de Jartum y, por extensión, para todo Sudán, un país de 50 millones de habitantes.
El primer paso de cualquier proceso de recuperación será restablecer los servicios de agua y saneamiento, lo que ayudaría a frenar el flujo de contaminación hacia el medio ambiente.
Después, Jartum debe reactivar ecosistemas clave, como las riberas de los ríos, los bosques y las llanuras aluviales, para reducir los riesgos de inundaciones y otros desastres.
Por último, la ciudad tendrá que protegerse frente a futuras amenazas ambientales, como el cambio climático, adoptando una planificación basada en el riesgo, reduciendo la presión sobre los ecosistemas e invirtiendo en las llamadas soluciones basadas en la naturaleza.
La guerra civil en Sudán —marcada por informes de asesinatos masivos— ha tenido un impacto devastador en la población del país. Unas 12 millones de personas han sido desplazadas de sus hogares y 21 millones enfrentan inseguridad alimentaria.
En medio de todo esto, preocuparse por el medio ambiente podría parecer un lujo.
Pero no lo es.
La historia ha demostrado que el conflicto y la degradación ambiental pueden reforzarse mutuamente en un ciclo peligroso.
Jartum no puede volver a ser una ciudad funcional con aguas residuales cubriendo sus calles e inundaciones remojando sus puertas. En Sudán, el camino hacia una paz duradera debe incluir la atención a las heridas ambientales del país.
Revisión técnica a cargo de Sara Eltagni Ahmed, Fabien Monteils y Cecilia Aipira


